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sábado, 22 de noviembre de 2025

GASTRONOMÍA Y FILOSOFÍA REPARADORA

No creemos que actualmente haya nadie que no reconozca la relación entre gastronomía y cultura. La gastronomía es o forma parte de la cultura, entendida ésta como define el diccionario de la Real Academia Española, "conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc."

Desde los albores de la Humanidad, una vez descubierto el fuego, es decir, cuando el homínido aprendió a controlar, mantener o incluso producir el fuego, abrió el camino para un salto en el desarrollo como ser humano. Las especies que obtuvieron este poder, el dominio del fuego, no solo pusieron a disposición del grupo social el medio para facilitar el mejor aprovechamiento de las proteínas, al cocinar los alimentos, sino que abrieron la puerta para la satisfacción de necesidades secundarias, una vez que el grupo garantizaba la satisfacción de la necesidad primaria de alimentarse.

El cazador escribe las páginas iniciales del gran libro de la cultura humana, fabrica las herramientas que le permiten llevar a cabo su actividad. El cocinero cumple el mismo papel con la progresiva sofisticación, a lo largo del tiempo, de su actividad, cuando pone en práctica sus ocurrencias, prueba nuevos productos, innova, en definitiva, en el ejercicio de su actividad. El fuego hizo posible la cultura pues favoreció la socialización, permitió la iluminación de los espacios ocultos en las cuevas donde habría de nacer el arte e hizo posible la aparición de la gastronomía.

Las primeras civilizaciones históricas son las que nos han dejado las más antiguas referencias escritas del elemento cultural que constituye una parte esencial de la definición, de la idiosincrasia de un grupo social, de un pueblo, de un país. La gastronomía, el qué y el cómo se cocina, el qué y el cómo se come, está inherentemente unida a la esencia del individuo y del grupo. Unida al entorno, a la geografía que determina la disponibilidad de los alimentos, al conocimiento de ese entorno, a la ciencia, a la aplicación práctica o la industria, más o menos compleja que sustenta, a las relaciones dentro del grupo, a su jerarquización, al modo, en definitiva, de entender el mundo y transformarlo. La gastronomía es civilización.

Del mismo modo, nadie negará la relación biunívoca entre los elementos que constituyen la civilización y la filosofía. Esa relación se establece entre las filosofías particulares y su objeto de estudio, así como entre ese objeto y el sistema filosófico bajo cuyo amparo se desarrolla. Hay una filosofía de la ciencia y un modo de hacer ciencia que se corresponde con una filosofía. La estética y la ética son a la vez disciplinas acerca de la belleza y el bien y fundamento de la moral y el arte que corresponden a una civilización, a una época o a una sociedad. Y es humana la aspiración de la filosofía a una ciencia, una estética o una ética universales. Así pues, comprendemos, análogamente a lo anterior, que hay una filosofía de la gastronomía y una gastronomía acorde con una filosofía. La gastronomía es, además, vasalla de la ciencia y del arte que la informan. Algunos, incluso, dirán que es una ciencia o un arte en sí mismo. Para nosotros es todavía más. Nos explicamos.

Somos muy partidarios de la propuesta del filósofo que hoy nos ocuparemos, Byung Chul-Han. Hay que jugar y recuperar el tiempo de ocio para superar críticamente esta sociedad del cansancio que hemos construido a base de hacernos esclavos de nosotros mismos. Sofigma nació con este espíritu, ocio entregado a la búsqueda de la verdad y el placer gastronómico, solo un año después de la publicación de esta idea por el converso filósofo Han, coreano de nacimiento, germánico de pensamiento. Somos pioneros de una filosofía reparadora, que tiene en la gastronomía su arma más eficaz

En muchas ocasiones hemos ejemplificado esta relación que da nombre y sentido a nuestra sociedad, a nuestros encuentros. Lo haremos una vez más con algún ejemplo del menú, ya varias veces disfrutado, de estas afamadas cocinas. Ejemplo donde los haya de sencillez culinaria, tradición peninsular y simplicidad que linda con la perfección. Panaché de verduras, alcachofas naturales con jamón, arroz con bogavante, callos a la madrileña, fabada asturiana... Cualquiera de ellos es muestra de una filosofía del sentido común, casi diríamos aristotélica en su proceder. Producto no maltratado con sofisticadas elaboraciones tecnológicas, es decir cocina arraigada en la tradición, conservadora de lo que es digno de ser conservado y con sustancia. Materia que se informa en lo que justamente deviene en acto, acabamiento, entelequia para el buen yantar. Éticamente irreprochable, justa porque contribuye al bien común y sabia porque prudentemente dirige hacia la felicidad. Porque no hay virtud más propiamente virtud que la actividad que nos encamina al templado disfrute del placer de un plato bien elaborado, bien presentado. O alguien se atreverá a negar que una buena fabada, entre amigos, predispone a la perfección de cuerpo y alma. Que las propiedades nutricionales, reparadoras, de la alcachofa combinan adecuadamente con el jamón, hallazgo ibérico de inefables virtudes gustativas, camino seguro de sabiduría. Todo lo contrario al "deshacerse del yo" en el marasmo del rendimiento que impide todo disfrute creativo. Ese que, por buscar eficacia productiva, convierte el comer en un acto precipitado, indiferente, vulgarmente callejero, siervo de franquicias de "comida basura", no tanto por su contenido como por la despreciable deglución histérica que el comensal hace de ella.

Nuestra propuesta es clara. Sea o no coherente con la filosofía que cada cual sostenga o practique, actual o tradicional el arte culinario de esta casa, cansados o aún esclavos del rendimiento, sea como fuere, dígnese la respetable compañía a celebrar con nosotros el sabio camino de la virtud gastronómica y agradecer a Dios y a las cocinas tanta generosa felicidad servida con el único ingrediente sin precio, el amor, que es entrega, al arte restaurador.

©Óscar Fernández

sábado, 18 de octubre de 2025

EL QUINCUAGÉSIMO SÉPTIMO

Merece la pena que en esta ocasión dediquemos la reflexión al tema que se plantea para el encuentro o al menos a su enunciado, una especie de dicotomía entre la consideración de la filosofía como sistema o, no sabemos si su contrario, el convencimiento de que el contenido filosófico se reduce a las preguntas. Claro está que nos someteremos a los caracteres de brevedad de nuestros aperitivos con la única intención de despertar los sentidos, el afán de análisis y el razonamiento, sin más pretensión, que abrir el apetito. Con el ánimo de no quitar protagonismo a nuestro ponente filósofo, insigne doctor, de conocimientos enciclopédicos y sabiduría de socrático y estoico cimiento. Tal y como sucede con las buenas “gildas”, bocado de aperitivo que exige todo un arte del equilibrio y la moderación. ¡Cuántas veces no habremos sufrido con combinaciones en las que el picor de la piparra lo inunda todo o el exceso de una mala anchoa impide disfrutar el resto! No sucederá aquí hoy ni con las “gildas”, ni con este aperitivo. Por cierto ¿de dónde tal nombre? Pues una feliz ocurrencia de los donostiarras en homenaje a la protagonista de la película homónima, salada, verde y un poco picante.

Salvo a los especialistas que no se sorprenden, puesto que todos empezaron sus estudios por la tópica cuestión de definir qué es filosofía, para los demás, para los no iniciados, resulta extraño que la filosofía sea el único saber que no termina de ponerse de acuerdo en identificar en qué consiste. Todos los demás, planteada esa cuestión introductoria, terminan por hallar respuesta e identificar objeto, método, etc. de su quehacer científico.

Es la historia de la filosofía la que ha llevado a esta perplejidad. Mas esa misma historia nos dice que la filosofía siempre ha tenido vocación de sistema, desde sus más tempranos inicios y que tal pretensión no estaba reñida con su carácter crítico, el cuestionamiento de lo establecido. Y así quedó en estos términos, casi sin discusión, desde el comienzo de la Modernidad. Este modo de entender el quehacer filosófico ha informado la civilización occidental por lo menos hasta el final de la Segunda Guerra Mundial cumpliendo con él objeto que los grandes sistemas filosóficos pretendían por ser eso, precisamente, por ser un sistema, un modo de pensar, un modo de entender el mundo.

En cambio, en las postrimerías del siglo XIX, con los mal llamados filósofos de la sospecha, en nuestra opinión más bien filósofos sospechosos, sospechosos de no serlo, sentaron las bases de la aniquilación del concepto de filosofía como sistema llevándonos hasta la dispersión o incluso la aniquilación del quehacer filosófico. Puesto que, si hacer filosofía puede ser cualquier cosa, meras generalizaciones o enumeraciones de preguntas sin contenido, si puede serlo todo, entonces, la filosofía no es nada.

La filosofía se ha convertido en una especie de batiburrillo donde cabe todo y todos tienen la suya. Como esos establecimientos de restauración sin alma, donde puede encontrarse cualquier cosa, que si rollitos de primavera, arepas venezolanas, sushi nipón, paellas de todo pelaje, tacos y burritos mexicanos, asados castellanos y frituras variadas andaluzas. Eso sí, todos sucedáneos, o lo que es peor, un buffet libre donde atiborrar los platos con toda esta variedad en un menú que garantiza una gastroenteritis globalizante, planetaria. Ya verán los comensales como esto no sucede hoy aquí, pues gracias a nuestros anfitriones y su buen hacer en los fogones, harán de los platos un todo sistemático no un batiburrillo de ingredientes más o menos juntos. La buena cocina es coherencia y sistema.

La filosofía, precisamente por hacerse preguntas, las más acuciantes preguntas, reclama decisión, voluntad de asumir el riesgo de los principios, pues dichas preguntas remiten a tales principios primeros, los que no se remontan a ningún otro y exigen, por tanto, una elección. Libertad responsable, racional, del verdadero filósofo que busca respuestas y asume sus consecuencias.

Nosotros desde el primer momento, desde el primer minuto fundacional, hace casi quince años, sí tenemos principios porque nosotros elegimos libre y responsablemente asumiendo las consecuencias y, en su caso, si hace falta, corregir dichos principios cuando nos llevan a ninguna parte o a donde no queríamos ir. Y me entenderán ustedes cuando demos cuenta de la merluza en salsa o el guiso de carrillera que, como platos principales de nuestro menú, convertirían a cualquier incauto partidario de una o todas las formas de veganismo, al razonable disfrute de todo alimento, sea cual sea su origen, mientras haya pasado por el buen hacer de una cocina con alma.

Tenemos la seguridad de que nuestro insigne ponente va a poner los puntos sobre las íes en estas cuestionas, la guinda que dejará el tema prácticamente resuelto. El postre cumple esa misión. El broche final. Les aseguro a todos que van a disfrutar de la mejor tarta de queso que hayan probado jamás.

Por todo ello elevemos nuestras copas pues creo, firmemente, que corresponde brindar por nuestros anfitriones, por su generosidad y la excelencia que estamos seguros disfrutaremos en este nuestro quincuagésimo séptimo encuentro.

©Óscar Fernández

sábado, 10 de febrero de 2024

FILOSOFÍA O CIENCIA

A través de la persiana, medio cerrada, se colaban unos rayos de sol, por la ventana, hasta iluminar en el libro, sobre la mesa, estas líneas:

Del tormento de la ausencia
nacen las melancolías.
De las pocas alegrías
se alimenta la inocencia.
No ha resuelto aún la ciencia
la cuestión que más importa.
Ninguna ecuación soporta
el destino de los hombres,
el deber de los pronombres
ni la obligación que comporta.

Cerré el libro que con sus páginas en blanco me llamaba, constante e impertinente, hasta encontrar una nueva ocasión de superar sus exigencias. Me recosté displicente en el sillón considerando hasta qué punto el moderno oficio de los fogones debe sus logros a la ciencia. Física y Química aplicadas al disfrute sensitivo del hombre, del hombre del primer mundo. La mayor parte del planeta, el resto de la humanidad sigue viviendo, o más bien malviviendo, en un estadio precientífico o si se prefiere en su aplicación preindustrial. Mientras imaginaba el absurdo de las esferificaciones en las favelas me alertó el sonido del timbre de la puerta. Sin ninguna atención a la seguridad abrí confiado. Un tipo de aspecto marmoleo, sin mediar saludo, me dijo: “El realismo sostiene que la ciencia existe independiente de la mente, la regularidad de la naturaleza y su inteligibilidad. Olvida eso de que la gastronomía es ciencia. Si lo fuera no cabría discutir si la tortilla de patatas se hace con cebolla o sin cebolla”. Perplejo le invité a pasar, pero sin tampoco despedida dio media vuelta y bajó por las escaleras. Me le quedé mirando cómo torpemente se agachaba mientras agarraba el pasamanos.

Casi inmediatamente, tras cerrar, volvió a sonar el timbre. Pensé ¿querrá disculparse por su mala educación? Pero no, otro tipo de aspecto más moderno, también calvo, pero de barba larga y afilada, con un confuso acento entre germano y británico, saludó con un movimiento de cabeza y dijo: “Quizá la gastronomía llegue a ser alguna vez una filosofía de la tecnología culinaria o una parte de la sociología, incluso, pero mientras no se ocupe de hechos empíricos y esté sujeta a los vaivenes del gusto, jamás podrá ser considerada una ciencia. ¿No se ha percatado por ejemplo que nunca se dice exactamente cuánto debe salpimentarse un guiso? Ahí lo dejo”. Volvió a hacer el gesto con la cabeza y tomó el mismo camino del anterior.

Cerré la puerta, esta vez ya algo molesto, pensando que en las proximidades de los carnavales estaba siendo víctima de una broma con ínfulas epistemológicas. Por tercera vez llamaron y tuve la tentación de no atender para que la broma muriera en el fango de mi indiferencia. Pero la curiosidad fue más fuerte que mi indignación. Un viejo muy bien trajeado que podría haber sido mi abuelo me saludó con un acento muy semejante al anterior.

− Buenos días. Quiero hacerle una observación.

− ¿No querría usted pasar? −interrumpí.

− No, seré muy breve −contestó. Encogí los hombros y me dispuse a escuchar otro gracejo.

− Si la gastronomía fuese una ciencia sus teorías deberían añadir conocimiento al mundo empírico y por tanto no ser tautológicas, contradictorias ni metafísicas, es decir incomprobables experimentalmente. Y me temo que como muchas otras supuestas ciencias humanas ésta que usted pretende ciencia no lo es. Por esto cuando se pretende lo contario cae en antinomias, demostrando tanto una proposición como su contraria. Antinomias del tipo la esencia de la fabada es el compango no las fabes y la esencia de la fabada son las fabes no el compango.

Dispuesto a rebatir al anciano me quedé con la idea compuesta en la cabeza y la palabra en la boca, porque como los anteriores, pero tras un “pase usted un buen día”, dio media vuelta. Me distrajo un segundo el testigo del ascensor mostrando que su destino era mi piso y antes de que pudiera expresar queja, al volver la vista, el último “demarcador científico” había desaparecido. Decidí no cerrar y esperé. La sorpresa fue mayúscula. A éste le conocí en cuanto se abrió la puerta del feliz invento. Tartamudeando levemente, agachándose también levemente, y con una ronquera que le daba un cierto aire de misterio me saludó.

− No haga usted caso. Es muy difícil convencer de una idea novedosa. Yo hice de mi oficio un esfuerzo por cambiar el paradigma culinario. Es cuestión de tiempo, constancia y trabajo. Usted y yo sabemos que sin ciencia no habría gastronomía moderna. ¿Acaso no es atrayente la idea de servir los guisos del norte en bocados llenos de sabor sin sufrir los rigores de su contundencia y sus consecuencias digestivas? Si se trata de palabras. Sea. Que lo llamen como quieran, ingeniería, tecnología, lo que quieran, en todo caso arte al servicio de la necesidad humana más fundamental.

Asentí y no me gasté en ofrecerle mi casa. Directamente le dije “muchas gracias, lo tendré en cuenta, hasta la próxima, buenos días”. De nuevo en el tiempo en que retiraba la mirada con el gesto de cerrar mi puerta, el famoso jefe de cocina había desparecido. Regresé a mi sillón con una cierta sensación de alivio porque al parecer ya se había terminado la chanza, pero también con algo de culpa por haberme mostrado seco y poco amable con el único que había expresado algo con lo que estaba completamente de acuerdo. Me pasó por la cabeza que el artífice de tan alocada broma carnavalesca me inclinaba hacia el anarquismo epistemológico de Paul Feyerabend, dispuesto a aceptar que no hay frontera entre lo que se considera ciencia o no, y que todo cabe, hasta considerar que no hay diferencia entre ciencia y mitología, y por ende tampoco entre ciencia y gastronomía.

− ¡Te has quedado dormido! ¿No tenías que escribir el aperitivo?

− No. Estaba pensando en ello y creo que ya está hecho. −Mentí mientras pensaba que las musas tienen muchas formas de presentarse y algunas especialmente curiosas. Su voz me sacó de un sopor del que no fui consciente hasta unos segundos después. Efectivamente tenía ese trabajo pendiente, pero se había resuelto solo, o casi. Ni filosofía ni ciencia, ¡necesidad!

©Óscar Fernández