Aún a riesgo de caer en un discurso mitinero o un manifiesto extemporáneo queremos hoy fijarnos en la actualidad. Aunque pueda parecer lo contrario no vivimos hoy un mundo más violento que en otros tiempos. Siempre hemos estado rodeados de guerras. Otra cosa es que nos lo recordaran constantemente, nos importaran las gentes sometidas a su desgracia, o tuvieran consecuencias en nuestras cuentas. Diréis, no sin cierta razón, qué tiene que ver con nuestro Encuentro, con el tema que nos ocupará o con los fines de Sofigma, las guerras, éstas que ahora nos preocupan o cualquiera otras.
Contestaremos la pregunta con una reflexión sobre qué es lo que hay entre el nacimiento y la muerte. Lo que hay sois vosotros, un oasis de paz refugio recóndito y aislado donde recuperarse del desierto inhóspito del yo. Un pozo de agua limpia donde lavarnos del polvo seco del solipsismo, el individualismo asfixiante o la egoísta soledad. Descubierta y aceptada nuestra indigencia, son los otros los que nos dan la oportunidad de sobrevivir, de alcanzar la eternidad. Sois el oasis que anuncia, más allá de él, la esperanza del paraíso, de la felicidad completa. Más allá del oasis nos recibirá el solo amor incondicionado. Un ellos y un vosotros sin lamento alguno. Ya lo ha dejado escrito el poeta:
Para acallar las voces criminales
que hacen de la nada su bandera
busca la Razón la esperanza
en los últimos recodos de su senda,
anhela el Ser perfecto,
un horizonte de amor,
una playa de felicidad eterna.
¿Y con Sofigma? ¿Qué tiene que ver lo dicho hasta ahora con nuestra sociedad? La aportación más notable de la fundación, de la que dentro de muy poco celebraremos su decimoquinto aniversario, que nos trajo Rafa, nuestro Vicepresidente, es el concepto mismo de búsqueda de la verdad entre amigos. La amistad celebrada en reunión gastronómica para encontrar el camino del bien y la belleza. Porque todo el que tenga el valor de parar un momento entre tanto caos y griterío se dará cuenta de que todas las guerras se acaban si se comparte el pan. En todas las culturas el banquete ha servido para celebrar, homenajear, negociar, hacer la paz... Comer con el adversario o el enemigo hace imposible que se desee su muerte, se detiene el ímpetu asesino que alimenta el miedo. Compartiremos con él, con quien antes considerábamos enemigo, multitud de semejanzas inevitables. Padres que murieron en parecidas circunstancias o causas, hijos y sus problemas que provocan el mismo desasosiego, mismas alegrías y penas que conforman la existencia, entre nuestro nacer y morir, que son iguales para todos. Y responsables de esas celebraciones al calor de una buena mesa, casi siempre las mujeres, madres o abuelas, hoy quizá también padres o abuelos, que, desde las cocinas, han esculpido el carácter de las sociedades, la idiosincrasia de los pueblos. La mesa puede que sea el único lugar donde quepa el verdadero diálogo y la convivencia. Nuestro oasis y el de todos. Este es nuestro convencimiento. Ese será nuestro legado.
Valga entonces lo dicho, valga el tiempo dedicado. Compartamos estos manteles y sus regalos para poder discutir y discernir juntos qué sea lo que nos sucede desde que nacemos y hasta que muramos. Y alargar aquí el tiempo en nuestro oasis, preludio amabilísimo de la verdad, el bien y la belleza que esperamos.
©Óscar Fernández
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