miércoles, 20 de marzo de 2013

LA ÚLTIMA TENTACIÓN DEL PAPA

El cardenal polaco Stanislaw Dziwisz sugería -me parece que así era, a pesar de posteriores y corteses desmentidos- una cierta descalificación moral de Benedicto XVI, al contrastar su renuncia al pontificado con la entrega de aquellos papas que no se han bajado en vida de la cruz. La rancia expresión me llevó a recordar “La última tentación de Cristo”, aquella magnífica novela de Nikos Kazantzakis que convirtió en película Scorsese. La obra de Kazantzakis, además de desbordar de ideas y de situaciones que invitan a recrear y rehacer de manera original lo transmitido por la tradición eclesiástica, sostiene la tesis de que Cristo fue tentado, in extremis, para que renunciase a su condición divina y descendiese de la cruz para limitarse a desarrollar una vida humana convencional. El Cristo de Kazantzakis consigue, finalmente, vencer la tentación y aceptar definitivamente la cruz. Según me parece, en esa línea argumental, Dziwisz se inclinaría por creer que el Papa ha sucumbido a la tentación. 
Sin embargo, manteniéndome en el terreno de las conjeturas o especulaciones que, a pesar de su carácter ficticio, poseen una fuerza simbólica, quisiera dar la vuelta a ese punto de vista. A Cristo, puesto que su naturaleza era divina, se le exigía no conformarse con lo meramente humano. Pero es que el Papa no es Dios y bien podríamos argumentar que, acaso, su última tentación sea la invitación a considerarse tal. No es su misión la de morir en la cruz para redimir al género humano, sino la más modesta de atender a las necesidades de acompañamiento y auxilio de mujeres y de hombres de cualquier condición y a las necesidades de organización y de renovación de la Iglesia a cuyo frente ha sido puesto. 
Por otro lado, la tentación de creerse Cristo crucificado choca desde hace siglos con la imagen principesca de los Sumos Pontífices y de su corte. Si hay crucificados que reproduzcan el sufrimiento de Jesús de Nazareth, no parece verosímil que se hallen entre los jerarcas del Vaticano. Las vidas de los pobres de la Tierra, de los que sufren enfermedades sin remedio o de los que soportan persecuciones o torturas son las auténticas cruces de este mundo y, además, a ellas o de ellas no se sube ni se baja por libre decisión. 
El Papado debe abandonar su empeño de mantenerse en lo mítico. 
Quien ocupe la Silla de San Pedro debe aceptar sus límites humanos y los consiguientes acotamientos de su misión. Ha hecho bien Benedicto XVI dejando su cargo, como un hombre razonable, cuando ha entendido que su misión humana había concluido y que, tras él, habría muchos capaces de completar tareas para las que a él no le quedaban fuerzas. Como escribió Camus y parece especialmente apropiado para las instituciones y situaciones que tratan de perpetuarse mediante la grandilocuencia, hay que aprender a vivir y a morir y para ser hombre hay que negarse a ser Dios. 
El nuevo Papa, Francisco, parece haberse propuesto continuar el camino desmitificador de su antecesor. Pero debe mantenerse alerta. La proximidad, la cercanía humana que ha mostrado estos primeros días, puede, efectivamente, ser el comienzo del abandono de los modos y las distancias cesáreas. Pero también puede sugerir una narración fundamentalista protagonizada por la exaltación de la pobreza. Desde mi punto de vista, la pobreza es mala y debemos luchar porque ningún hombre tenga que padecerla. Y ese empeño debe ser un empeño compartido, en el que los santos, si los hay, deben tener como meta que la santidad sea cosa de todos y, como propósito, no sólo que el bien sea para todos sino que todos seamos capaces de generar el bien.
Jesús A. Marcos

martes, 5 de marzo de 2013

El malentendido

Aquí dejamos la aportación, en formato de video, de nuestro Presidente, para los que no pudieron asistir al teatro, y tengan, a pesar de nuestras advertencias, ganas de echar un vistazo a la obra.


sábado, 2 de febrero de 2013

Albert Camus (para el 11º Encuentro)

Las propuestas para el debate en el Décimo Primer Encuentro (o Undécimo, u Onceavo, según reciente teoría que afirma que no hay varios encuentros sino que es uno solo dividido en partes), sobre el existencialismo.
Nuestra próxima ponente propone la lectura de "El extranjero" de Albert Camus. Y el Vicepresidente el visionado de los vídeos que pueden encontrase junto con éste:


sábado, 19 de enero de 2013

UN MENÚ SORPRESA O EL VALOR DE LO INDETERMINADO

Pedíamos en el anterior estar a la altura para el décimo, pero éste, nuestro no poco esforzado trabajo, cada vez se muestra más complejo. Una complicación impuesta por dos caminos. Uno, el de las expectativas del respetable, que cada vez cuesta más satisfacer, pues ha aprendido el noble arte de degustar el aperitivo y espera que cada bocado sea más sugerente que el anterior. El otro camino se pensó para comodidad del autor (partir de las sugerencias del menú para cumplir los fines del presente) y se ha tornado en vereda angosta y peligrosa. Véase el actual ejemplo. Al contemplar la oferta del menú residencial, en seguida quise escapar a la búsqueda de algún plato señero de la amplisima gastronomía patria, o foránea, para desentrañando sus misterios sensoriales alcanzar las glorias de la razón. Podríamos entretenernos con las infinitas alternativas de los arroces mediterráneos tan variopintos, multiformes, que no se nos ocurre alegoría mejor de la vida recién iniciada: un mundo de posibilidades por descubrir. Quizá algún guiso cocinado en barro al amor de la lumbre. Con olores de leña y matanza, espesos de legumbre y tiempo, mucho tiempo, que viendo pasar la horas parece no conocer del fin inevitable. Pero no. Seamos valientes, y aceptemos el reto de este menú. Un menú sorpresa. Enfrentémonos al abismo de lo inopinado, al túnel de lo desconocido, a la incertidumbre de un futuro sin asideros.

Debe haber, entre la exageración barroca que no ha mucho tiempo se imponía en las cartas de las casas más modernas (¿recuerdan ustedes el solomillo de pato a la parrilla con compota de manzana y reducción de módena?) y el minimalismo de la propuesta actual; debe haber, digo, un virtuoso término medio aristotélico, con sentido común. Permítanme reparar en que prácticamente todo lo que puede decirse con sentido común, o casi simplemente con sentido, parece ser aristotélico. Obviedades. ¿Puede la potencia ser otra cosa que lo que puede llegar a ser y el acto lo que de hecho ya es? Ahí lo dejo. ¡Para obviedades estamos! Quizá gustase este menú al Estagirita porque dice lo que tiene que decir, ni más ni menos.

Crema de ave, pero ¡¿qué ave?! Croquetas de pescado, pero ¡¿cuál?! Pastel de carne, pero... Ya se ha entendido. Mucho nos tememos que el complemento del nombre “de ave” oculta el aprovechamiento de un triste caldo de pollo, que si fuera de caldo de gallina, otro gallo cantaría. Enero nos parece ya un poco tarde para las carnes de caza, aunque la caza sea menor y de pluma. Una crema de faisán se nos antoja improbable, pero hay que reconocer que tendría un empaque aristocrático sujerente, que, por otra parte, poco tendría que ver con una cena de residencia estudiantil.

Lo mismo podríamos decir de las croquetas o del pastel, pues muy diferente será mezclar la bechamel con un pescado que con otro, o hacer simplemente un pastel con cualquier carne picada o profesar lo que en Murcia es una religión (sin el casi), ¡cuidadito con lo que metemos en el pastel de carne! Yo propondría el tradicional bacalao para las croquetas, señor de nuestra Meseta, donde la dificultad de alcanzar la costa y el hallazgo de su conservación en sal, minimizó los rigores de una España pobre o permanentemente en Cuaresma; mejor que de merluza que me parece algo insulsa (y cara) para unir con bechamel. Para el pastel es de rigor mezclar carnes de vacuno y cerdo, con aporte de grasa, para garantizar que no quede seco. Si fuese murciano el pastel, váyanse ustedes preparando, porque incluirá huevo duro, alguna chacina y quién sabe que más, más allá y más lejos de las 600 calorías por plato (sin exagerar). Pero hay que esperar. No sabemos que nos depararán las croquetas y el pastel. Son metáfora del curioso fenómeno de la transmutación de los entes.

Me explico. Transmutación óntica, la modificación de un elemento químico en otro. La pretensión del alquimista, que la ciencia moderna ha explicado con las reacciones nucleares. Podemos convertir el plomo en oro, pero con tal gasto de energía, que sale carísimo. Parece suceder con frecuencia que los accidentes toman el protagonismo frente a la sustancia. Que lo que parece accesorio es en realidad esencial, donde lo aparente es el individuo y lo real su cualidad.  Las croquetas son la sustancia y el pescado el ingrediente, el añadido. Así, con todo. La crema es el individuo, que es de pollo o faisán. Nos asaltan dudas sobre el verdadero ser de la croqueta si fuera de nada. Una croqueta que pierde su ingrediente no es croqueta, transmuta en absurdo. ¿No les parece transmutar un pastel cambiar su contenido? o ¿diremos que es lo mismo el pastel de carne murciano que el cinematográfico de arándanos? Si desconocemos el ingrediente o se lo quitamos, si eliminamos este accidente y lo cambiamos por otro, sucede la transmutación. Pero nosotros no llegamos a tanto. No es que vayamos a asistir a alquimias mágicas con la crema o el pastel, simplemente estamos ante el desconcierto que supone la sorpresa de lo venidero.

Este es el valor de la indeterminación. De lo que no está escrito. Como nuestro menú, que casi no dice nada. La sorpresa en nuestro menú es una oportunidad. Es la seguridad de no saber de antemano qué pasará. ¡Cuánto me alegra no saber de qué están hechas las croquetas! Es una alegría descubrir el mundo según se hace el camino. Pero también es un riesgo. Lo que no está determinado de antemano es un riesgo. El no saber sobre el ave de la crema o de la carne del pastel, es garantía de aventura. Y ¿qué aventura hay que más propiamente lo sea que ésta en la que estamos metidos? Nuestra vida como nuestra cena está indeterminada. Hay que probarla para disfrutarla, sin saber de antemano lo que te depara. Pues si ya sabemos, no podremos experimentar la aventura de descubrirla. 
©Óscar Fernández