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sábado, 11 de febrero de 2023

MEREOLOGÍA DEL MENÚ

Parece del todo innecesario, ante la indiscutible competencia del respetable, explicar lo que el título de este nuevo aperitivo parece proponer. En cualquier caso y solo a modo de somero recuerdo, indicaremos la tesis principal de este breve discurso que además, por obvio, servirá de ejemplo sencillo introductorio al tema que nos ocupará tras el disfrute del preceptivo encuentro gastronómico.

Un menú no debería ser considerado tal si solo es una amalgama o suma infundada de platos. Se impone una mereología, es decir un estudio de las partes etimológicamente hablando, o más allá, una ciencia de la relación entre ellas en función del todo y de la totalidad en función de sus partes. Un menú sin estructura no es menú, como toda realidad que de suyo es, en tanto que objeto de la intención de la razón, una estructura, un sistema, un todo, un cosmos, de cuyas partes y sus relaciones depende toda consideración ontológica, pues no hay ser ante la conciencia, ni ella misma podríamos decir, sin estructura de los singulares que la conforman.

Un mal llamado menú en el que la sucesión de platos no respondiera a ningún orden o sistema, resultaría una aberración, que sólo podría explicarse en razón de una anomalía. Esta es la impresión del caos resultante en el espectáculo dantesco de esas gentes ávidas de llenar el plato y el buche en los llamados “bufés”. En ellos, sin orden ni concierto, se mezclan desordenadamente frituras o asados con guisos. Una orgía anárquica de impensables combinaciones. “Pizzas” con “sushi”, croquetas con espaguetis en salsas de tomate, arroces con apariencia de paella acompañando empanadas, empanadillas y una innumerable oferta de ingredientes para alocadas ensaladas, mariscos, pescados y carnes a la brasa, plancha u orientales sartenes.

Quizá un atávico recuerdo de la precariedad existencial, o vivencial, prehistórica sea la causa de la irracionalidad de los humanos ante la prolija disponibilidad del “bufé”. Es obvia la necesidad de una culturización, como mínimo post-neolítica, para que podamos asistir a una elección racional, moral diríamos, que constituyese un verdadero menú.

El menú es, por definición de la totalidad, una emergencia, un algo más que la simple suma de sus partes. Ahora bien, o aseguramos un progreso civilizador, una cultura gastronómica de altura, o se nos antoja una utopía irrealizable el correcto menú obtenido por elección en estos “bufés”.

¿Pero qué hay del criterio? ¿Cuál ha de ser el hilo conductor o, quizá el fin o sentido que determine el orden, la función y, por ende, la integración de las partes? Entrantes, primero, segundo, postres y los caldos que marinen con cada uno de los platos, formarán una unidad, solo y solo si se dan las relaciones funcionales que permitan a las partes cumplir con el fin previsto al todo. Como los órganos del sistema del ser vivo sirven a su supervivencia y reproducción, en definitiva al mantenimiento del ser, así los platos de un menú deben servir al fin del que lo diseñó y del que lo disfruta.

Huelga argumentar que las cartas, cuanto más extensas peor, ni los menús con elección entre varios platos, como es nuestro caso hoy, difícilmente sirven al fin del correcto “buen menú”, salvo para los doctos y experimentados comensales. Preferimos los llamados menús de degustación, o de autor, cerrados, donde como mínimo se presupone que hay un sentido en el conjunto y que a ese sentido sirven las partes que lo componen.

En lo que se refiere a propuestas mereológicas, qué entrantes con qué primeros, etcétera, es materia bastante para una extensa disertación que aquí no cabe. Una tesis merecería llevar hasta el final el tema de este aperitivo. Lo que sí podemos apuntar es que a mayor elaboración y sofisticación de un plato mayor dificultad para integrarlo con el resto de las partes del todo. Y es cosa muy de la moda actual exagerar por exceso en las elaboraciones que pueden hallarse en los platos. No vemos cómo explicar la interacción sistémica de tempuras unidas a esferificaciones y espumas, en una misma presentación y mucho menos en relación a otra inacabable lista de modernidades en el resto de los platos. Si de algo puede la cultura occidental estar agradecida al estructuralismo es por su tendencia simplificadora, de la aplicación interesada del principio económico nominalista. Menos, es más, sí y, desde luego, más sencillo de explicar.

En nuestro caso el “buen menú” será siempre el que tenga sentido, y el sentido no exige necesariamente estructuras complejas, exige necesariamente criterio y claridad, en su diseño y en su elaboración, de lo contario la experiencia de disfrutarlo será una quimera.

©Óscar Fernández

sábado, 26 de enero de 2019

CONOCIMIENTO CON SENTIDO DEL MARMITAKO

Hace tiempo un amigo me dijo, extrañado por cómo mi estado de ánimo en un viaje de vacaciones dependía del disfrute del almuerzo, incomodado incluso por cómo todo optimismo o pesimismo nacía o se conformaba en mi con el placer o no de una buena comida o cena, que para él comer era solo alimentarse y, porque no había otro remedio vital que si no, prescindiría de ello. Nada extraño se pensará. La naturaleza ha otorgado placer sensible a la satisfacción de la necesidad fisiológica o añadido el instinto, para facilitar u obligar al cumplimiento. Pero si por el motivo que fuese se pierde el instinto o no se encuentra el placer de la actividad impuesta, ésta terminará por extinguirse, lo que tarde o temprano, si no se pone remedio, extinguirá al individuo, al grupo o a la especie. Mi amigo se dejaría morir por no ver o saber encontrar el sentido hedonista de una buena comanda, y no lo hace porque acepta el sentido práctico en orden a la supervivencia. Yo en cambio moriría, o mal viviría, que es lo mismo, hastiado, si comer solo tuviera tal sentido.

Sorpréndanse conmigo, ¡oh, ínclitos aventureros sofigmáticos! Hace algún tiempo descubrí en la carta de esta casa el marmitako 2.0. Hoy no está, quizá por ser en verano la campaña del bonito, pero quedé impactado ante la posibilidad de una interacción con las cocinas, ¿qué otra cosa podía significar 2.0?, no será interacción con el guiso mismo, digo yo. ¿Será posible un diálogo con el chef, por ejemplo, para elegir el momento justo para añadir el bonito y la temperatura de cocción en ese momento justo? Porque sepan todos que ese es el único misterio de un buen marmitako. El conocimiento de estos extremos, y a más a más la maravilla que supondría la versión 2.0 de la restauración contemporánea, es lo que nos distingue, especialmente a nosotros, participantes de la aventura sofigmática, del engullimiento sin sentido ni conciencia. ¿No es por todo esto que nos alimentamos como racionales, tenemos cultura y progresamos?

Es decir, el sentido del disfrute gastronómico está más allá de la regla natural de la actividad nutritiva, la trasciende, y tal sentido es otorgado, en general, por el que lo disfruta, no está dado en las leyes de la naturaleza, es libertad. Es, una vez más en clarividente sentido kantiano, una demostración de que el uso práctico de la razón otorga contenido a lo que, de suyo, en el orden teórico carece. El mundo de la determinación natural es ciego, causalmente torpe, pues no ve más allá de su inmanente regla. Ni el animal, ni el ignorante pueden acceder al sentido de su actividad, porque ésta no incluye en sí su sentido, no es inmanente, y es la razón quien lo halla fuera de la actividad misma y se lo añade, libremente.

Otra cosa es pretender ciencia estricta con el asunto del sentido. Porque lo que no está sujeto a la determinación de la naturaleza, no es objeto del uso teórico de la razón. Si nos empeñamos en tal corremos el riesgo de producir monstruos, absurdos racionales, como ya hemos expuesto en otras ocasiones. A quién no le guste el bonito que no coma marmitako, y no servirá ciencia alguna para hacerle comprender que pocos guisos más apropiados cuando se está capeando temporales en el Cantábrico, bregando sin cuartel por llevar las bodegas llenas de capturas a puerto. Esto no es cosa de ciencia, es cosa de arte, de sentido común, aristotélica sapiencia. Ya aprenderá el neófito, el cientifista dogmático, ante la evidencia, el buen sentido de comer marmitako.

En demasiadas ocasiones se confunde conocer con resolver biunÍvocamente. Es curioso como parece que la razón está tentada en resolverlo todo en un valor. Como mucho acepta la existencia de dos opciones antagónicas, de tal manera que, según el punto de vista, puedan formularse todos los problemas como simples cuestiones de sí o no. Ésta es la ilusión de los lógicos, poder reducir cualquier problema a un valor binario. O en su caso a la petición del postulado binario del que se parte. Nos parece que de la ilusión a la alucinación sólo hay un paso, como bien describen los psicólogos. Del error interpretativo de la información sensorial a la percepción sin estímulo sólo media un paso, pero es el paso justamente que distingue al cuerdo ilusionado del enfermo alucinado. El reduccionismo lógico es una forma refinada de enajenación racional. Como un enfermo esquizoide el lógico alucina con un mundo de soluciones binarias.

Si tomamos por ejemplo la cuestión que estamos tratando se apreciará claramente lo que decimos. Nadie, en su sano juicio, diría que solo tiene sentido comerse un marmitako en la campaña del bonito y embarcado, por cierto, curiosamente en verano. Puede argumentarse que todas las teorías sobre el sentido de cualquier cosa se reducen a dos, las que se muestran a favor y las que lo niegan. Si se prescinde del correlato óntico, desde su aspecto meramente formal, podrían concluir que, para cualquier objeto, tener o no sentido, depende de la postura teórica que se adopte. Así el conocimiento es irrelevante, solo hay que tomar postura. Para nosotros esto es racional y visceralmente inaceptable. Es justamente lo contrario lo que hemos querido explicar más arriba. Fuera del barco también encontramos al marmitako sentido placentero o nutritivo. Nosotros que lo comemos le damos sentido, si se prefiere, valor.

Y para saber apreciar hay que saber. Pero también, a veces, para disfrutar hay que olvidar. En unas ocasiones el desconocimiento ayuda a lograr el sentido, en este caso fin, porque si supiéramos a priori la consecuencia no persistiríamos en la actividad. Es lo que me ocurre con la difícil digestión de un buen plato de callos a la madrileña. En otras desconocer los detalles, los esfuerzos que se han necesitado, etc. impiden o dificultan mejor disfrutar de lo que degustamos. Hasta que no descubrimos el efecto del fuego en la mayor parte de los alimentos comer era un trabajo agotador. El homo erectus, o ergaster en Asia, pudo disfrutar no sólo del mejor aprovechamiento de las proteínas si no del estupendo sabor de la carne asada. Un tío listo el ergaster.

Por tanto, sírvale a cada uno lo que prefiera. Disfruten los inconscientes de la cena, sin sentido, si la compañía o la tertulia no les satisface y quédense solo con eso, ¡qué pena!, o mejor, ¡seamos conscientes! Estoy seguro de que estos casi ocho años de nuestra sociedad nos habrán cambiado la actitud, nos habrán hecho conscientes, y enseñado a apreciar que nuestras cenas siempre tienen sentido.
©Óscar Fernández

domingo, 14 de octubre de 2012

SENTIDO O SINSENTIDO EN LA CASA DE GUADALAJARA

ENTRANTES AL CENTRO PARA COMPARTIR. (Mínimo 2 Personas)

- LACÓN A LA GALLEGA
- ESPÁRRAGOS TRIGUEROS A LA PLANCHA CON JAMÓN
- ENSALADA DEL CHEF CON QUESO Y FRUTOS SECOS
- PATé DE HIGADO DE PATO PARA UNTAR

SEGUNDOS PLATOS A ELEGIR

- SOLOMILLO DE DE PATO A LA PARRILLA CON COMPOTA DE MANZANA Y REDUCCIÓN DE MÓDENA
- ENTRECOTTE A LA PLANCHA CON GUARNICIÓN
- PESCADO DEL DíA SEGÚN MERCADO
PAN, BOTELLA DE VINO RIOJA JOVEN PARA DOS PERSONAS, POSTRE, CAFÉ Y CHUPITO DE HIERBAS

TODO POR TAN SÓLO 20 €



Este aperitivo ha de ser, como dijimos en la anterior ocasión, un acicate para nuestras facultades intelectuales engarzando el buen yantar con el buen pensar sobre la cuestión que se trate.

Nuestro insigne presidente en su documento, (aquel con el que nos regaló, como buen director de orquesta que aúna esfuerzos, o como faro que guía en la oscuridad a buen puerto), para incitar a la participación en el debate, finalizaba con la pregunta: ¿A pesar de todo, merece la pena vivir? Y henos aquí contestando con los hechos, con una muestra clara, sin equívocos, del "carpe diem".

Craso error. Al espectador, no avisado, podría parecerle una simplicidad hedonista, resolver con nuestra afición gastronómica la cuestión planteada. Pero no lo es ni mucho menos; porque la raíz misma del placer culinario brota de la semilla del esfuerzo del discernimiento sensorial, para así poder elevarse con brotes nuevos de conocimiento (percepción de los clásicos) y que florezcan, finalmente fructifiquen, alimentándonos de sabiduría, eso sí, henchida de experiencia. 

Que si tiene la historia humana algún tipo de sentido... 

La oferta de esta noche recorre el amplio campo semántico del sentido. Aprovechemos la feliz circunstancia. Nosotros apuntamos, y de los comensales dependerá obtener el fruto que desde el gastronómico disfrute permita el debate filosófico. 

No hay elección en los entrantes, pero eso sí, se comparten. Toda una declaración. El sentido, cuando nos es dado, con independencia de la variedad (lacón, espárragos, ensalada, paté), es sino, fatalidad, por muy adornada que esté. Múltiples son los ornatos que acompañan los duelos, y éstos son guarnición de la única segura fatalidad. Además, entre nuestros predestinados entrantes, encontramos el lacón a la gallega, que es en realidad un sinsentido. Me explico. Con toda seguridad se nos presentaran unas breves tajadas de lacón sobre una cama de... ¿cachelos? (¡aquí patatas, digo yo!), aderezados como si de pulpo "a feira" se tratase. A la gallega debería ser en una salsa por el común también española, de ajo y aceite. Lacón "a feira" sí, pero fuera de lugar, a la gallega, no, en cualquier lugar. Pero la costumbre desde tiempos inmemoriales ha hecho pretendida "verdad", y no culpamos a esta noble casa de tan extendida confusión. 

El paté de hígado de pato parece servir para librarnos de las contradicciones y devolvernos a la razón, porque se presenta como "otro sentido". Tiene sentido. Un solo sentido, orientación o derrotero. No puede tomarse de cualquier manera, es paté para untar, no para otra cosa. Permitirá el respetable que me lo "salte a la torera" y tome yo el paté como quiera. Como un dios, a salvo del destino, cambio el sentido, tomo otro derrotero y vaya usted a saber dónde acabaremos. 

Sin lugar a dudas preferimos los segundos. Aquí podemos elegir. Somos señores de nuestro destino, hombres libres. No en la indiferencia o la indeterminación. Conocemos los caminos: caza, carne o pescado. Otros dirán: la historia se repite, porque no hay nada más. Yo digo: es mi historia, la única que existe, la irrepetible, porque hay una nada más. 

En momentos de crisis el entrecotte ofrece seguridad. A la plancha, pase. Con guarnición, casi sin sorpresas. Es una elección sin riesgos. 

El pescado es siempre incierto. Era incierto, al menos cuando pensé este aperitivo, pues la oferta decía "del día según mercado", y yo no sabía como estaría el mercado ese día. Ni sabía, ni se de qué día es. Ayer, hoy,..., mejor no indagarlo. En fin, ahora se nos presenta sorpresivamente el (...) y en cualquier caso resulta un camino sujeto a la incertidumbre, incompatible con el sentido: un sinsentido. 

SOLOMILLO DE PATO A LA PARRILLA CON COMPOTA DE MANZANA Y REDUCCIÓN DE MÓDENA. Ésta es con seguridad la apuesta gastronómica de la casa. La que merece especial atención. La casa de Guadalajara se extiende sin medida en la denominación del plato hasta casi abrumarnos. A priori, el solomillo de pato es desconcertante. ¿Tienen solomillo los patos? Hay que suponer que sí, de otro modo, nos levantamos y nos vamos. Habrá que esperar como corresponde al sentido (al que no nos es dado y es por tanto desconocido). Aceptaremos un margen de incertidumbre, pero sin excesos. Nos parece mérito del chef que no se escape el solomillo por los huecos de la parrilla. ¿Por qué hacer el entrecotte a la plancha, si en realidad exige la parrilla y el pato en ésta? Quizá no haya tal parrilla, o no haya brasas bajo ella y da igual que el pato quiera escaparse. Una seguridad si que hay. La caza (nueva presunción, no sabemos si el pato fue cazado o criado, pero aceptamos la denominación genérica), la caza, decíamos, se acompaña con magnífico resultado por las salsas dulces, que atemperan el presumible (¡otra vez, la presunción...!) sabor recio de este tipo de carnes. Ha optado el chef por la compota de manzana. Curiosamente, en Alemania, es la clave del típico Ganso de Navidad. Inevitable la perplejidad del alocalismo o el internacionalismo de la casa de Guadalajara. Se nos antoja la compota una historia algo espesa, melosa, yo diría, pre-revolucionaria, de peluca empolvada si se excede con el dulzor. Pero si se modera, será sobria, entonces inglesa, menos francesa o alemana, burguesa, puritana, en otro sentido también pre-revolucionaria. Avanzamos firme el paso hacia el siglo XIX con la reducción de Módena, porque va a aportar la antítesis a la aristocrática o burguesa compota. Acidez de vinagre, que es fuerza y empuje proletario, sin duda. 

El sentido, ahora el fin, el acabamiento, la perfección, llegará en el prometido chupito de hierbas. Hay algo de historia circular, o eterno retorno, pues el chupito de hierbas evocará al lacón, que era a la gallega. (Si Don Camilo llega a descubrir esta casa de Guadalajara en vez de "Viaje a la Alcarria" habría escrito "Viaje a la Hurdes" para garantizar el tipismo). Si en el primer aperitivo se evocó el recuerdo de las desaparecidas filloas, hoy sería muy larga la evocación de las desapariciones: codornices en escabeche, en ensalada, codornices con funda, empedrado de liebre, hornazo de Zamajón, cabrito asado de Jadraque, magras de cerdo con tomate, pastel de cordero, ancas de rana fritas, o cangrejos al ron. Pero nuestra historia es europea, titubeante, sí, luego gallega y aunque algo quejosa de enfrentamiento franco-alemán (con tanto pato en paté o con compota), orgullosa alcarreña. Estamos en el chupito, en el final. Una perfección por término del cambio, que es despliegue de la Razón en la Historia. Fin de la Historia un tanto áspera, porque no hay chupito que pase suave el gaznate, podría haber escrito D. Camilo. Los vapores del alcohol (el Rioja, joven, es para dos, muy peligroso)…, vapores, que esperemos, nos den luces y no nos atonten, porque sería un triste fin, haber alcanzado el fin, de la historia, y no enterarse. 

Estimados socios, apliquémonos la moraleja:

No nos fiemos a priori, 
no presumamos el sentido. 
Disfrutemos de la experiencia, 
hagamos el camino. 
Atentos los sentidos 
para no perdernos nada, 
dónde lleguemos,... será aquí, 
Galicia, Alemania, en fin: 
Guadalajara.