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sábado, 8 de octubre de 2022

LA SEGUNDA OPORTUNIDAD

Vamos a dar una segunda oportunidad a esta casa, a Orgaz, no a la hamburguesa; y análogamente quizá también se la daremos a la Filosofía. En este caso algo más que una segunda oportunidad, revisaremos su relación histórica con la Teología.

Vista la carta, ya conocida, nos parece que el apartado “Clásicos Modernos” puede servir y venir al hilo del tema de hoy. Modernizar lo clásico insta a la tradición a tomar una nueva coyuntura, y del mismo modo, lo clásico puede aportar a lo moderno lo que le libre de la muy habitual tendencia actual a lo efímero. Nos parece que la intención de unir clasicismo y modernidad, tiene algo de agustiniano y renacentista. Inspirándonos en el Padre de la Iglesia afirmamos que una sola es la verdad que orienta al Bien y la Felicidad, y que por tanto ha de poder accederse a ella, tanto por el camino de la tradición, que nos revelan nuestros mayores, los clásicos, como por los maestros actuales en el uso de sus conocimientos…, culinarios.

De entre los clásicos modernos propuestos debe descartarse la ensaladilla rusa clásica, pues tal como se nombra, es una falacia. Nada nos aportará lo que se presenta como ruso y nunca lo fue. Sería como aceptar la negación de la verdad o su conocimiento y luego tratar de esclarecer la doctrina revelada.

Las bravas de Orgaz se nos antojan confusas. La variedad de elaboraciones que permite esta salsa hace prácticamente imposible establecer un término fijo definitivo sobre ella. Es una metáfora canónica de los objetos del conocimiento sólo aparentes, de la vana pretensión de la ciencia estricta sobre lo contingente. ¿Quién se atreve a establecer la esencia de la salsa brava y su “quididad”? Lo dicho, una quimera.

¿Y los callos picantillos a la madrileña? Éstos incitan a la curiosidad, motivación principal y primera del conocimiento. Si son a la madrileña se limita mucho la creatividad moderna sobre el plato. Está claro que sin probarlos no cabrá juicio alguno y, por esto, quedarán relegados al ámbito de lo no científico, estrictamente hablando, pues sólo cabrán juicios sintéticos, sí, pero “a posteriori”, lo que será camino resbaladizo hacia el escepticismo empirista dieciochesco. O, por ser más benévolos, plato reducido al ámbito estricto de la razón, del conocimiento humano “a secas”, sin ninguna relación con la verdadera Sabiduría y muy poco con la filosofía gastronómica, cuando no nada. Dicho lo cual, insistimos, debería probarse para juzgar si nos ofrecen o no un clásico moderno. Los callos nos hacen dudar si debe ocuparse la Filosofía de cuestiones que, aunque se presentan como ciertas, están sometidas a las veleidades del correr de los tiempos, es decir contingentes, quizá no por su naturaleza, sino por el tratamiento que sufren desde la arbitrariedad de la voluntad cuando no por el simple apetito. No sirven los callos para repasar la relación del conocimiento racional con las divinas certezas.

El timbal de rabo de toro deshuesado con daditos de patata suena a juego facilón. Si la modernidad sólo consiste en presentarlo como un timbal… En todo caso conviene que señalemos algunas precisiones sobre este famoso descubrimiento cordobés. Si a tradiciones canónicamente establecidas hemos de referirnos, no será la cola de toro, como en el sur la llaman, un guiso hecho con caldo, sino exclusivamente con vino tinto. Ciertamente hemos visto variantes en las verduras con las que se guisa y en la salsa unas veces “pasada”, sin tropiezos, o con las verduras tal como queden tras el largo y lento guiso. Ha sucedido en la historia del pensamiento algo semejante con las relaciones entre la Filosofía y la Teología, donde ha dependido del sentido y concepto de las categorías de la primera su utilidad o no para las verdades de la segunda.

La tortilla de patata jugosa como en Betanzos es sin lugar a dudas objeto seguro de debate. Y no por la cuestión que casi todos pensamos. No por si debe o no tener cebolla, pues siendo de Betanzos que lleve cebolla es ontológicamente imposible. Una tortilla de Betanzos no soporta la cebolla, una tortilla de Betanzos casi ni se soporta a sí misma. La tortilla de Betanzos es la peor a la hora de elaborar un pincho, la peor a la hora de hacerse un bocadillo. La tortilla de Betanzos sólo permite un disfrute aristocrático desde el plato, exige pan, cubiertos y muy probablemente servilleta. La tortilla de patata, en general, es el hallazgo de una conjunción mágica. Puede cuajarse huevo casi con cualquier cosa, pero en tortilla se exige que el huevo aporte a la vez jugosidad en el interior, y en su exterior, que bien cuajado de forma al continente. ¿Qué hace que la unión entre el huevo y la patata sea perfecta? Que la patata esté no excesivamente frita, sino cocida o confitada en el aceite. Debe mezclarse con el huevo no excesivamente batido y permanecer juntos un tiempo para que aquélla se empape bien de éste. El tiempo de cocción por ambas caras en la sartén será mínimo si se quiere una tortilla con la mayor parte del huevo líquido, o algo más prolongado según lo compacta que se desee. Así encontraremos tortillas que van desde patatas calientes mojadas en huevo, casi sin cuajar, hasta ladrillos donde el huevo cuajado cumple el mismo fin que el cemento en el hormigón. Obviamente entre estos extremos estará la virtud adaptable al gusto de cada cual. En la correcta interacción de la patata y el huevo está la clave de la metáfora. No sé cuál es la Filosofía y cuál la Teología, pero como en la tortilla el predominio de una sobre otra imposibilita el conjunto. No será tortilla, si nos excedemos con el huevo o con la patata, o si nos excedemos o quedamos cortos con el cocimiento. Cuajar una tortilla es un arte, una ciencia, y una sabiduría, todo en uno. Si se impone la Filosofía a la Teología probablemente nos alejaremos del objeto, Bien o Verdad, en fin de la Felicidad, y si renunciamos a ella la Teología se vuelve simple afirmación sin sentido, que igual podría repetirla el creyente o un loro amaestrado sin saber uno ni otro qué dicen. Aunque se discutan las versiones, el Medievo impuso el tópico de la “esclava de la Teología”, y para nosotros hoy, quizá los expertos nos corrijan, tal noción de la Filosofía es como mal cuajar una tortilla, torpes intentos de diseñar conceptos que son incapaces de alcanzar lo inefable.

Creemos que cuajar Filosofía y Teología será un milagro. Y no estamos en la cocina adecuada, Dios mediante, no aún.

©Óscar Fernández

sábado, 10 de octubre de 2015

SOBRE LA PLENITUD. APROXIMACIÓN A UNA FILOSOFÍA DEL BUEN COMER

Esta noche no podemos andarnos con pequeñeces. La cuestión que hoy tratamos no permite manejarnos en el terreno de las ocurrencias. Hasta tal punto se muestra radical la investigación propuesta, que nos sitúa en el quicio mismo del deber, señalando a la raíz misma del vínculo que establecemos con él. Obligación de filosofar sin componendas, responsables de las palabras que pronunciemos. Porque nadie discutirá aquí de la necesidad de la Filosofía, necesidad que es obligación de pensar “en serio”. Nos proponemos que nuestro aperitivo no desmerezca de esta misión. Y no vemos mejor ocasión que ésta, para emprender animosos la tarea de esclarecer el tema que nos ocupa, desde la experiencia gustosa de esta cena. Así, en dos bocados y un trago, nos preguntamos sobre la plenitud de la vida humana.

¡Qué fácil sería hacer analogías más o menos ocurrentes con los platos del menú! ¡Qué simple hablar de plenitud en el grotesco sentido del glotón, o de felicidad en el escandaloso sentido del sibarita! Rechazar, si cupiese, la propuesta aristotélica y en un mal entendido placer gastronómico adoptar un hedonismo falaz, para poder imbricar la cuestión de la plenitud de la vida humana con la experiencia de nuestra cena, sería, en el más suave de los juicios, una mofa inaceptable de nuestro deber. Lo mismo si tratáramos de hacer proselitismo de una “ataraxia”, como poco estúpida, proponiendo la imperturbabilidad ante las tentaciones del menú. Pero, ¡si han sido amorosamente ejecutados los platos con ese fin!, ¡perturbarnos en el más honroso de los sentidos! El menú ejecutado en las cocinas es arte, arte para que gocemos. ¡Tomemos lo que tenemos entre manos en serio! Y como sabemos que aún hoy hay, incluso aquí entre nosotros, quienes creen que este deber del Aperitivo es solo un divertimento, más propio de monólogos al uso, que de diálogo sincero, expresemos sin más dilación la tesis que sostenemos. La Felicidad, en el sentido más absoluto, a la que hace referencia la expresión “plenitud de la vida humana”, esa Felicidad que hace de nuestra vida, según el Filósofo, vida divina, si es posible, ha de contar con las felicidades relativas, propias de la más humana de las vidas. Ha de contar con la comida. Ha de contar con esta cena en concreto, no otra.

Para acceder a esta certeza podríamos seguir el consejo del primero entre los modernos. Tratar de librarnos de nuestros prejuicios acerca del menú, someterlos a crítica, y alcanzar la intuición de la verdad buscada. Pero mucho nos tememos que es harto difícil abandonar un prejuicio, identificarlo como tal una quimera, y mucho más cuando está firmemente asentado por el hábito en la experiencia. Esto nos pasa a nosotros por ejemplo con el pepino, del que no podemos olvidar que lo llena todo incluso cuando es utilizado con mucho tiento. Es más difícil librarse del pepino en una ensalada, por ejemplo, que de la idea de sustancia, por más que ésta se nos imponga como soporte de nuestra experiencia. Si hizo falta más de un sesudo británico para establecer la duda racional sobre la sustancialidad del yo, imaginen ustedes lo que nos costaría a nosotros librarnos de la pertinaz impresión del pepino y su idea derivada. Pero dejemos ahora el pepino, ya le dedicaremos este tiempo y espacio, como fenómeno gastronómico más que discutible.

Quizá parece entonces mejor método suspender el juicio sobre aquello que creemos conocer. Debemos “poner entre paréntesis”, hacer “epojé” de las ideas derivadas de años de experiencia como comensales y considerar el puro fenómeno del menú en la conciencia. Esto es posible porque el menú vivido (queremos decir producido y llevado a su fin en la mesa, por no alargarnos aquí en su caracterización) es producto del espíritu, una expresión de la existencia, es un inequívocamente proceso de conciencia. Como tal la obra intencional del chef y su taller llevada a su acabamiento o perfección en el acto para el que fue concebida, la degustación más que inteligente reflexiva, todo este vivir en fin, es prolongación de nuestro ser. Si filosofar es tratar de responder a la tríada kantiana que se sintetiza en la pregunta ¿qué es el hombre?, el menú de esta noche, su vivencia, ha de ser camino para profundizar en esa misma búsqueda. Estamos con Raymond Aron, y como él a Sartre, decimos a todos que hacer filosofía lo es sobre las cosas tal como se experimentan, describirlas como se sienten.

Un menú es un ejercicio de arquitecto, un boceto de artista, que se plasma real en el oficio de las cocinas. Cada plato es tanto fruto del conocimiento práctico, realización de una “tekné”, como aplicación del saber científico, “episteme” al servicio de los sentidos. De la obra de los expertos al disfrute de los comensales se recorre el mismo camino que entre la mirada del espectador de un cuadro y su autor. Si mostramos esta misma analogía con la música o con la poesía seguro que nadie discutirá que son caminos filosóficos y que en ellas hay amor a la sabiduría. No entendemos por qué se duda entonces de esto mismo en la ciencia gastronómica, en el arte de los fogones y en el lenguaje que comporta. Se puede discutir en dónde situaremos este saber, cuán lejos o cerca esté de la filosofía primera, pero no se puede dudar de su carácter.

Cuando profundizamos en las raíces culturales de un plato, o en la habilidad para combinar ingredientes, tanto en el esfuerzo de gustar, como de servir a la nutrición y a la salud; cuando relacionamos la disposición de las viandas y sus acompañamientos en el plato, la idoneidad o no de unos u otros condimentos; cuando buscamos acierto con el vino o tratamos que se realcen las calidades de los productos; cuando, en fin apreciamos con rigor, con conocimiento de causa, a lo largo de la velada con los amigos, la cena, se representa ante nuestra conciencia el camino filosófico hacia nuestra plenitud como seres humanos. Es éste un ejercicio moral coherente con el “corpus ético” aristotélico. Dice el Filósofo y con él nosotros, que el alma sensitiva “participa en cierto modo de la razón”. Por tanto, habrá de considerarse que comer de este modo es actividad propia de la vida sensible, que es humana (no sólo animal), ejercida conforme a virtud (virtud ética) y engarzable con la Felicidad plena que nos planteamos. Ésta consiste en la vida contemplativa, de las cosas particulares y contingentes, objetos de la razón práctica, y sobre lo universal y necesario, objeto de la razón teórica. La prudencia, en aquélla y la sabiduría en ésta, son las virtudes dianoéticas que hacen posible tal plenitud. Cosa de dioses para el Estagirita. Pues bien, en tanto que no comemos como irracionales, ni comemos solo empujados por el deseo o la pasión, porque no comemos sólo adornados de una razón pura tan infalible como inefable, disfrutamos con mesura, valor y justicia, pues admiramos la ciencia y el arte que encierran, de lo que comemos conscientemente, con conciencia. Hoy, y tantas veces como queramos, podremos ser así humanamente felices. Podremos contemplar prudentes nuestra propia vivencia y esperaremos, en consecuencia, alcanzar sabiduría para encontrar la Felicidad de una vida humana plena, divina.

©Óscar Fernández

sábado, 15 de junio de 2013

PESIMISMO Y FILLOAS

Conociendo de antemano lo que tras la cena nos espera y teniendo en cuenta el número de mal agüero que este aperitivo trae, conviene que sea lo más breve posible (no vaya a ser que se nos indigeste), y así lo hemos procurado.

Puede que nos preguntemos, no sin razón, si es posible el pesimismo ante unas filloas de marisco, un pulpo “a feira”, unas croquetas de jamón ibérico, o un entrecotte de buey gallego.
– Pues no. Claro está.
– O sí, todo depende.
Veamos. Pocas vivencias proporcionan certeza mayor y más satisfacción que la experiencia de la insaciabilidad del deseo. Y dirán, “no lo entiendo”, y es lógico, porque es justo lo contrario de lo que habitualmente se piensa. Nos explicamos.

Las filloas, tomemos por caso, son el recuerdo de un tiempo de abundancia, pues originalmente se cocinaban en época de la matanza del cerdo, con la sangre del animal sacrificado. Hoy se nos presentan rellenas de marisco, un lujo, una superabundancia de exceso y opíparo disfrute. Pero no se puede comer así siempre. No sería deseable, porque el disfrute del placer, sin medida, es la antesala de la desesperación. Es decir, que o lamentamos que somos insaciables y pretender saciarnos es inútil, o nos convencemos de que no hay mayor felicidad que las del placer gastronómico, que puedes disfrutar hoy y también mañana.

Quizá aún no me comprendan. A ver así.

Iban dos por la calle y le dice uno al otro:
– ¿Cuál es el animal que después de muerto da vueltas?
El otro dice:
– No sé, no hay ninguno.
Y el primero contesta:
– El pollo.
.......
– ¿Cuál es el animal que come con la cola?
– No sé.
– Todos. Ninguno se la quita para comer.
............
Piticlín, piticlín...
– Telepizza, digame: ¿qué desea?
– ¡Magdalenas! No te digo.
......
– Mi madre esta enfadada porque me gustan los bocadillos.
– ¿Por qué? ¡A mi también me gustan!
– ¡Ah sí!, pues si quieres ver mi colección... Tengo más de 700 en casa.
.........

Si por pesimismo entendemos un estado de ánimo, entonces bastarán unos chistes para cambiarlo, por ejemplo. Pero si hablamos de pesimismo en serio, éste solo puede darse por dos motivos que ahora puedan preocuparnos: O no nos fiamos de las cocinas, y creemos en la ley de Murphy; o estamos convencidos que nos hastiaremos de intentar satisfacer nuestras pasiones, sabiendo que somos insaciables. Es tan fácil darse cuenta que estando donde estamos y después de la experiencia el primer caso, es imposible, que tratar lo segundo, perdónenme, me da pereza. ¡Qué optimista!, dirán, y eso sí lo admito, porque el optimismo es un estado de ánimo, (y las expectativas de la cena lo favorecen), pero el pesimismo en serio, no. No es un estado de ánimo. Unas filloas de marisco jamás pueden ser motivo de pesimismo auténtico. El mal entendido pesimismo que esgrimen los hedonistas es falacia. Al menos con los placeres gastronómicos.

El placer gastronómico es el único seguro garantizado de por vida, tres veces al día como mínimo, y si quisieramos poner un poco de voluntad, como hoy nosotros ponemos en la práctica aquí, nunca defraudará. Siempre satisface, siempre llena. Entre humanos llena en los dos sentidos, física y espiritualmente.

Confunde el hedonismo un estado de ánimo, voluble y cambiante, con el pesimismo de verdad. Y unas filloas de marisco o un entrecotte de buey, para quien sabe comer, nada tiene que ver con el pesimismo; al contrario, como hoy nosotros nos hemos propuesto, sera el prólogo que abrirá el camino para asumir nuestra condición (y ser más sabios), o descubrir el camino de la nuestra propia redención (y estar salvos).

Hagámos auténtica filosofía disfrutando. Comprendamos, haya o no sentido, angustiados o no por la responsabilidad de ser humanos, que las filloas, el pulpo, la merluza, cambiarán nuestro estado de ánimo, pueden hacernos optimistas, elevarán cuerpo y espíritu, nos reconciliarán ahora con nosotros mismos,... Pero... no cambiarán, que tal vez mañana, no habrá quien recuerde que aquí las disfrutamos.

Esta es la auténtica realidad de nuestra indigencia, y a la vez nuestro poder. Que sabemos el justo valor de las filloas (del placer) y estamos dispuestos a hacerles el homenaje que merecen. Que conocemos quiénes son los otros, con quien las disfrutamos y mirándonos a los ojos, nos agradecemos el estar aquí, juntos, para pensarlo. Nadie podrá robarnos, ni la muerte, que comimos filloas y nos amamos.
©Óscar Fernández

martes, 23 de octubre de 2012

LA FELICIDAD EN LO PEQUEÑO

Nos ha pedido la autoridad que seamos en esta sexta ocasión breves, puesto que debemos dejar espacio para los actos protocolarios que la conmemoración de nuestro primer aniversario requiere. Y no se me ocurre mejor analogía para el aperitivo que estas circunstancias. Aprovechamos la presencia de tan ilustres invitados, nuevos participantes de nuestros encuentros, para recordar el sentido del aperitivo, sentido enraizado en el espíritu de la fundación de Sofigma, que hoy recordamos. El aperitivo debe reunir las esencias en el mínimo continente; y, el propio contenido, dar lo justo para el disfrute, sin excederse, pues queda mucho con que regalar los paladares. Nuestro aperitivo es además filosófico y es aquí donde quiza nos enfrentemos con cierta incomprensión, cuando no, manifiesto rechazo. Sobre esta particular ignorancia (llamemos a las cosas por su nombre) me viene al recuerdo las palabras de un mal-llamado critico de programas de televisión en un espacio radiofónico. La conductora del programa, a propósito de cierto comentario, dice algo así como "eso es cuestión de gustos", a lo que el colaborador replica "yo no hago crítica gastronómica", como si ésta no fuera cosa de sus habilidades intelectuales, dignas de mayor enjundia. 

Todos nosotros hemos aprendido desde hace ya un año, cuánto puede acercarnos a la autentica sabiduría, la que importa, la ciencia, así, sin metáforas, la ciencia gastronómica. Tener por objeto de estudio el arte de elaborar productos para regalar el sentido del gusto, no es menos racional o menos erudito, que tener por objeto las grandes y afamadas obras del genio humano. La gastronomía es una ciencia estricta en el sentido aristotélico, pues busca lo que es permanente en aquello de lo que se ocupa, en este caso un arte o tekné, saber que por experiencia se adquiere en la manipulación, elaboración y presentación de la comanda; y, además, aquí en el aperitivo, tal ciencia la condesamos en breves píldoras, que nos dan acceso desde el sentido del gusto al conocimiento racional, como en una nueva dialéctica sensorial o una abstracción sublime, que ocupándonos en lo particular nos eleva a lo universal. ¡Qué equivocado el juicio de ese colaborador radiofónico, cuando al referirse al gusto, niega su condición de objeto científico, y menosprecia con su símil la crítica gastronómica! 

Y el auditorio se preguntará qué puede tener que ver este discurso con el menú que hoy se nos ofrece. Fíjense con atención en el quehacer del buen anfitrión, don Fernando (el infinito), que ha procurado que esta incomparable casa modifique algo su menú, para esta segunda visita. Y, entre las novedades, en los entrantes, encontramos queso de cabra con cebolla caramelizada. Cebolla. ¿Hay acaso mayor humildad entre las hortalizas, que de mayor juego en los fogones? Si la más humilde de las ciencias versa sobre el gusto y nosotros afirmamos que es camino seguro a la Sabiduria: Es el dominio del uso de la cebolla el que define el camino seguro al arte en la cocina. 

La cebolla es escarcha 
cerrada y pobre. 
Escarcha de tus días 
y de mis noches. 
Hambre y cebolla, 
hielo negro y escarcha 
grande y redonda. 

Da vértigo, tras Miguel Hernández, tratar de decir algo con sentido de la cebolla. Da vértigo. ¿Qué podemos decir nosotros? Pocas hortalizas se prestan con tanta eficacia a tanta variedad de elaboraciones. Prácticamente todas las salsas se hacen a partir de un sofrito. Y el sofrito incluirá cebolla. Es más ¿es posible pensar en sofrito sin cebolla? Casi se ha convertido en dogma en las cocinas partir de un pochado de la cebolla. Un freír lento, con algo de sal tras cierto tiempo, para que sude, o llore, dejando en la cazuela su humedad sabrosa, entre dulce y picante (depende de las variedades), siempre y en cualquier caso sutil. En unos casos dejan que se doré, en otros, que solo se trasparente, pero para todos, es la que merece regarse con caldos, vinos o alcoholes. Vitamina A y C, al natural, en ensaladas, que sanan catarros y otros males, como eficaz remedio de abuela. Incontestable. O en lenta cocción en aceite con la patata, para una excelsa tortilla, o ¡¿alguien aquí discutirá que la tortilla de patata, española, o es con cebolla, o es falacia?! 

En fin, si hiciéramos caso a tanto pusilánime, erudito de tres al cuarto, y negáramos al sentido del gusto y su verdad, ser objeto de episteme; y al arte de los fogones y su disfrute, ser objeto de opinión de verbo certero, crítica, es decir análisis de las condiciones de posibilidad del conocimiento, también acerca de lo que algunos dicen ser sólo opinable; caeríamos en la misma estupidez de negar a la humildad de la cebolla, la nobleza de hortaliza imprescindible. Aquí, caramelizada, junto al queso de cabra, es decir entregada a suavizar la acidez, a favorecer la salivación que nos descubra en la boca los sabores intensos. Lo mismo que los nuevos gurús de la cocina creyeron redescubrir al ofrecernos en las tablas de patés y quesos la meremelada. Con buen criterio en esta casa han pasado de mermeladas, y han dejado a la señora hacerse como se debe, muy despacio. Media hora, como poco, de fuego lento sin dejar que se queme. Los azúcares que contiene se desprenden y su humedad favorecerá que se forme un caramelo, que junto a la fritura de aceite, va otorgando al conjunto, progresivamente, un color intenso, que pasa del blanco al amarillo, después naranja, y finalmente dorado. ¡Qué no hay ciencia en la crítica gastronómica!, dicen los incautos. Sin extenderme: estamos ante las reacciones de Maillard (técnicamente, glucosilación o glicación no enzimática de proteínas); se trata de reacciones químicas producidas entre las proteínas y los azúcares reductores, que se dan al calentar (a temperaturas no muy altas) los alimentos en función del tiempo. Louis Camille Maillard, medico y químico francés, otorgó su nombre al proceso, cuando, en 1912, trataba de encontrar explicación a la coloración marrón que adquirían los alimentos al cocinarlos o al cambio de color y textura tras un almacenamiento prolongado. Busquen y entreténganse en la investigación, estudiando el proceso, y se darán cuenta de cuánta ciencia hay en la carameilización de la cebolla. 

Pero aquí, hoy, estamos para disfrutarla, es decir para encontrar en lo humilde, en lo pequeño, la única felicidad posible. La del instante que gusta, satisface los sentidos, pero lo hace de modo consciente, sabiendo “de qué va”, de forma racional. Un regalo de paraíso en la tierra, que solo los hombres podemos disfrutar: una experiencia pasajera de eternidad. De lo efímero en el tiempo del sentido a lo permanente en el espíritu; y cuando gustéis, pensad, que no hay diferencia entre ciencia y arte, que hasta en la cebolla hay amor y sangre: 

Una mujer morena 
resuelta en luna 
se derrama hilo a hilo 
sobre la cuna. 
Ríete, niño, 
que te traigo la luna 
cuando es preciso. 
©Óscar Fernández

lunes, 7 de mayo de 2012

Sugerencias en torno a "LA CONQUISTA DE LA FELICIDAD"

Leyendo los periódicos, viendo la televisión, hablando con amigos que se han quedado en la calle, en el paro, considerando las desventuras de tantos (inmigrantes, mujeres,ancianos, enfermos etc..) que viven a nuestro alrededor y más allá también.., me pregunto si no será una obscenidad, cuestionarnos por la felicidad.... 

Sin embargo, y a pesar de todo ello, nos lo cuestionamos. Nos ha tocado la lotería y no sé siquiera si somos conscientes. Desde la perspectiva de todos aquellos que sufren, tenemos razones más que suficientes para ser felices. Y sin embargo, nos seguimos preguntando cómo conquistar la felicidad.

Es evidente que la Felicidad personal, depende de la situación existencial de cada cual: "La salud, para el enfermo, la riqueza para el pobre etc.." -como nos comentaba ya Aristóteles- y que cuando tenemos todos esos bienes esenciales para la supervivencia, aún nos preguntamos, en qué consiste ese bien último, por el que todas nuestras acciones se convierten en medios para alcanzarlo.

Leyendo a Russell, he escuchado ecos de muchos filósofos y pensadores: Aristóteles, "los filósofos de la sospecha" (Nietzsche, Freud, Marx,)... etc, y por supuesto, los contemporáneos que reiteran, aunque con novedades terminológicas y estratégicas, las viejas reflexiones relativas a este asunto tan universal y diacrónico.

La ciencia, nos acerca cada día más a la comprensión de la química que nos hace sentir emociones, y por supuesto, de la Felicidad.. y aunque saber los elementos y cantidades exactas que están involucrados en ella, ya será motivo de satisfacción, no dejamos de preguntarnos ¿en qué consiste? y ¿qué tengo que hacer para sentirla? Son dos cuestiones que son interdependientes y que en último término, se reducen a una sola inquietud: "ser feliz".

Quizás por eso, más que nunca, proliferan los psicólogos, los coachs, o los entrenadores y consejeros de actitudes que intentan mostrarnos los caminos y estrategias para alcanzar con éxito dicha empresa.

Debemos estar tan perdidos... que muchas veces tienen que recordarnos, que en las cosas más elementales está, de forma genérica, la respuesta que buscamos con tanta insistencia. 

Recuperar el contacto con la tierra, con la Naturaleza, con nuestras raíces biológicas (como el ejemplo que comenta B.Russell del niño que chapotea en el charco y se revuelca en la tierra lleno de satisfacción). Otras, quizás con pretensiones más elevadas, aunque enraizadas también en la naturaleza humana,nos aconsejan reflexionar sobre nuestros valores y nuestros principios morales, cuyas conclusiones finales podrían ruborizarnos por la sencillez de sus demandas (cuidar, respetar y amarse a uno mismo y a los demás, no infligir daño a nadie, y hacer el bien, en todas sus variedades y objetivos.... generosidad, altruismo,etc... todo ello con una dosis importante de mesura y paciencia y a ser posible de buen humor). Muchos nos piden que nos acerquemos, que sintamos el contacto en la piel, que miremos y nos impregnemos del color de la vida que nos rodea y rompamos la barrera gris y llena de artificios (físicos, morales, virtuales) que hemos creado. Que paremos un instante para mirar dentro de nosotros y encontrar las respuestas .

Es posible que en un futuro no muy lejano, como describía Huxley, nos baste con tomar una pastilla, o tal vez sea suficiente desconectar y recargar nuestras terminales neuronales para disfrutar sencillamente de la vida. Mientras tanto, haremos caso de aquellos que nos aconsejan enfrentar la vida con la sublime conciencia de su sencillez, asumir que el dolor y la alegría forman parte ineludible de ella y comprender que luchar contra eso forma parte de una batalla, ancestral, inexorable y eterna y que precisamente por eso, será una batalla siempre perdida, aunque no inútil. 

Parece que sea esta una aspiración inagotable, cuyo límite no sea posible vislumbrar ni, por supuesto, concretar. Porque parece ser que depende, en gran medida, del universo personal de cada cual. Pero, la universalidad de esta aspiración, es evidente y eso le da carácter y sentido a nuestra búsqueda.

De nuevo constatamos que nuestras reflexiones nos conducen siempre al problema último, o primero, "del sentido" de nuestra existencia. La respuesta concreta (como ya quedó claro en otro de nuestros encuentros) dependerá de las preferencias, y convicciones de cada cual. Pero no es inútil saber que nuestras aspiraciones están siempre abiertas, que tras la consecución de una meta se abrirán nuevas inquietudes, nuevos horizontes que requerirán esfuerzos renovados.... Comprender esto, me parece indispensable para la vida en general y sin duda, nos hará más fácil el camino hacia "la Conquista de la Felicidad" porque "saber" y "ser conscientes", son parte esencial y distintiva de nuestra configuración como seres humanos .

Autor: Alicia Cano (Socia fundadora de Sofigma).

jueves, 3 de mayo de 2012

Nueva aportación "acerca de la felicidad"

Nueva propuesta de nuestra más activa socia sobre la felicidad (o quizá la clave para acceder a ella):


miércoles, 11 de abril de 2012

Otras aportaciones (para ser felices)

Aportación de nuestra querida socia Alicia para pasar un buen rato, es decir ser felices, al menos un rato:
Les Luthiers y la epistemología:



Sobre "la conquista de la felicidad" del amigo Russell


En cursiva el texto obtenido del libro (las citas), el resto encabezado por la letra M lo que me permito comentar:

PRIMERA PARTE: CAUSAS DE LA INFELICIDAD
Capitulo 1: ¿Qué hace desgraciada a la gente?
1.- De tarde en tarde, pasa un coche cargado de personas de color cuyos  ocupantes dan auténticas muestras de estar pasándoselo bien, pero provocan indignación por su comportamiento excéntrico y acaban cayendo en manos de la policía debido a un accidente: pasárselo bien en días de fiesta es ilegal
2.- Lo único que el alcohol hace por ellos es liberar el sentimiento de culpa, que la razón mantiene reprimido en momentos de más cordura.
3.- En parte se debe a que he logrado prescindir de ciertos objetos de deseo —como la adquisición de conocimientos indudables sobre esto o lo otro— que son absolutamente inalcanzables. Pero principalmente se debe a que me preocupo menos por mí mismo.
4.- La disciplina externa es el único camino a la felicidad para aquellos desdichados cuya absorción en sí mismos es tan profunda que no se puede curar de ningún otro modo.
M.- Enumeración descriptiva de los egoístas infelices un poco simplista: pecadores, narcisistas y megalómanos.
5.- Las personas que son desdichadas, como las que duermen mal, siempre se enorgullecen de ello.

Capitulo 2: Infelicidad byroniana.
6.- Se olvida de que una parte indispensable de la felicidad es carecer de algunas de las cosas que se desean.
7.- Por tanto, si los estados de ánimo estuvieran determinados por la razón, habría igual número de razones para alegrarse como para desesperarse.
M.- La actividad exterior (de supervivencia) salva de la infelicidad impostada del intelectualismo pesimista.

Capitulo 3: Competencia.
M.- Capitulo muy obvio y lleno de tópicos sobre la vida de los hombres de negocios, caricaturizados por el autor, infelices en el esfuerzo por competir por ganar más dinero.

Capitulo 4: Aburrimiento y excitación.
M.- Hay tanta infelicidad en el excesivo aburrimiento como en el exceso de excitación.
8.- Pero con la invención de la agricultura, la vida comenzó a volverse tediosa, excepto para los aristócratas, por supuesto, que seguían estando —y aún siguen— en la fase cazadora.
9.- Seguro que el aburrimiento contribuyó en gran medida a la práctica de la caza de brujas, el único deporte que podía animar las noches de invierno.
10.- El amor forma parte de la vida en la tierra; el sexo sin amor, no.

Capitulo 5: Fatiga.
11.- Una vez tomada la decisión, no hay que revisarla a menos que llegue a nuestro conocimiento algún nuevo dato. No hay nada tan agotador como la indecisión, ni nada tan estéril.
12.- En la vida moderna, la clase de fatiga que importa es siempre emocional; la fatiga puramente intelectual, como la fatiga puramente muscular, se remedia con el sueño.
13.- El hecho de que el valor físico sea tan corriente entre los varones jóvenes demuestra que el valor se puede desarrollar en respuesta a la opinión pública que lo exige. Si hubiera más valor, habría menos preocupaciones y por tanto, menos fatiga; y es que una gran proporción de las fatigas nerviosas que sufren en la actualidad hombres y mujeres.

Capitulo 6: Envidia.
14.- Y la pasión que ha dado impulso a las teorías democráticas es, sin duda, la pasión de la envidia.
15.- Quien desee aumentar la felicidad humana debe procurar aumentar la admiración y reducir la envidia.

Capitulo 7: El sentimiento de pecado.
M.- Decepción con la conciencia de pecado. Se refiere casi exclusivamente al remordimiento con la moral religiosa. No parece haber tal cosa en la ética racional que predica.

Capitulo 8: Manía persecutoria.
16.- Cualquier cosa que haya que hacer, solo se podrá hacer correctamente con ayuda de cierto entusiasmo, y es difícil tener entusiasmo sin algún motivo personal.
17.- Hay que convencerse de que los demás pierden mucho menos tiempo pensando en nosotros que el que perdemos nosotros.

Capitulo 9: Miedo a la opinión pública.
18.- Como regla básica, uno debe respetar la opinión pública lo justo para no morirse de hambre y no ir a la cárcel, pero todo lo que pase de ese punto es someterse voluntariamente a una tiranía innecesaria, y lo más probable es que interfiera con la felicidad de miles de maneras.
19.- ... habría que prohibir todo lo que haga la vida insoportable a individuos inocentes, aun en el caso de que hayan dicho o hecho cosas que, publicadas maliciosamente, puedan desprestigiarles.

SEGUNDA PARTE: CAUSAS DE LA FELICIDAD
Capitulo 10: ¿Es todavía posible la felicidad?
M.- La felicidad del hombre de ciencia es como la del jardinero (la caza de conejos o la caza del saber); y la del jardinero como la del que cava pozos sin preocupaciones.
20.- El sentido del deber es útil en el trabajo, pero ofensivo en las relaciones personales. La gente quiere gustar a los demás, no ser soportada con paciente resignación.
21.- El secreto de la felicidad es este: que tus intereses sean lo más amplios posible y que tus reacciones a las cosas y personas que te interesan sean, en la medida de lo posible, amistosas y no hostiles.

Capitulo 11: Entusiasmo.
22.- Lo que es el apetito en relación con la comida, es el entusiasmo en relación con la vida.
23.- Los que participan del banquete de la vida adoptan actitudes similares ante las cosas buenas que la vida les ofrece. El hombre feliz corresponde a nuestro último tipo de comensales. Lo que es el apetito en relación con la comida, es el entusiasmo en relación con la vida.
24.- El glotón sacrifica todos los demás placeres al de comer, y de este modo disminuye la felicidad total de su vida.
M.- La relación establecida entre la felicidad fruto del entusiasmo y el disfrute de comer cuando hay apetito deberla ser principio de Sofigma.
25.- Todos nuestros gustos y deseos tienen que encajar en el marco general de la vida. Para que sean una fuente de felicidad tienen que ser compatibles con la salud, con el cariño de nuestros seres queridos y con el respeto de la sociedad en que vivimos.

Capitulo 12: Cariño.
26.- ... no estoy seguro de que sea más fácil adquirir buen carácter que adquirir buen aspecto; en cualquier caso, las medidas necesarias para lograr esto último son más conocidas, y las mujeres se esfuerzan más en ello que los hombres en formarse un buen carácter.
27.- Entre todas las formas de cautela, la cautela en el amor es, posiblemente, la más letal para la auténtica felicidad.

Capitulo 13: La Familia.
28.- Si hay niños, la vida en un piso es dura. No hay espacio para que los niños jueguen, ni hay espacio para que los padres escapen del ruido que hacen los niños.
M.- Curiosa contradicción según muestra el autor la sociedad moderna, donde el mismo progreso reduce la natalidad y exige la paternidad como medio de obtener felicidad e interés por el mundo que dejaremos a nuestros hijos. Incompatible no tener hijos y ser ecologista, características ambas típicas de los países desarrollados.
29.- Por eso es importante, por el bien de los hijos y por el de la madre, que la maternidad no la prive de todos sus demás intereses y ocupaciones. (...) Muchos niños han quedado malogrados psicológicamente a causa del trato ignorante y sentimental que les dieron sus madres. (...) En el futuro, la relación madre-hijo se parecerá cada vez más a la que los hijos tienen ahora con sus padres, y así las mujeres se librarán de una esclavitud innecesaria y los niños se beneficiarán del conocimiento científico que se va acumulando en lo referente al cuidado de sus mentes y sus cuerpos en los primeros años.

Capitulo14: Trabajo.
30.- La capacidad de saber emplear inteligentemente el tiempo libre es el último producto de la civilización, y por el momento hay muy pocas personas que hayan alcanzado este nivel.
31.- Sin respeto de uno mismo, la felicidad es prácticamente imposible. Y el hombre que se avergüenza de su trabajo difícilmente podrá respetarse a sí mismo.
32.- La constancia en los propósitos no basta para hacerle a uno feliz, pero es una condición casi indispensable para una vida feliz. Y la constancia en los propósitos se encarna principalmente en el trabajo.

Capitulo 15: Intereses no personales.
33.- Desaprovechar las oportunidades de conocimiento, por imperfectas que sean, es como ir al teatro y no escuchar la obra.
34.- Para soportar bien la desgracia cuando se presenta conviene haber cultivado en tiempos más felices cierta variedad de intereses, para que la mente pueda encontrar un refugio inalterado que le sugiera otras asociaciones y otras emociones diferentes de las que hacen tan insoportable el momento presente.

Capitulo 16: Esfuerzo y resignación.
35.- Esto es natural, ya que las poblaciones mayoritariamente masculinas suelen darse en las fronteras de la civilización. M.- ¡INCREIBLE!

Capitulo 17: El hombre feliz.
36.- Casi nadie es capaz de ser feliz en una cárcel, y las pasiones que nos encierran en nosotros mismos constituyen uno de los peores tipos de cárcel.
37.- El hombre feliz es el que vive objetivamente, el que es libre en sus afectos y tiene amplios intereses, el que se asegura la felicidad por medio de estos intereses y afectos que, a su vez, le convierten a él en objeto del interés y el afecto de otros muchos.
M.- Finalmente parece aceptar la necesidad de un cierto grado de egoísmo (la conquista de la felicidad) cuando propone el esfuerzo de volcarse hacia fuera, salir de uno mismo.
©Óscar Fernández

viernes, 30 de marzo de 2012

Acerca de la Felicidad

Queremos en SOFIGMA que los señores socios inicien el debate sobre la felicidad para mayor enriquecimiento del próximo Encuentro. Pueden añadir nuevas entradas a continuación de ésta, o usar los comentarios en esta entrada, con el mismo fin.



También pueden optar por el Foro de Sofigma.

En todo caso se mantendrá información actualizada del debate, por correo electrónico, para todos los socios, de lo que sea publicado tanto en el Foro como el Blog, manteniendo la libertad de que los socios quieran o no, (puedan o no), usar los medios anteriores.

El libro de Bertrand Russell propuesto por D. Jesús A, Marcos para el debate se encuentra disponible en la la Web de Sofigma.

A la Secretaría de Sofigma no le parece mal el artículo de la Wikipedia para informarse algo sobre el autor.
Más prolijo y sistemático este sitio sobre filósofos: Russell.
Pero estaríamos encantados de contar con otros enlaces aportados por los socios para el común enriquecimiento intelectual.