Jesús A. Marcos
Se suele considerar a Martin Heidegger el autor de mayor relieve dentro de la filosofía existencialista. No tenía Heidegger la facilidad literaria de Camus o de Sartre, que, además de por sus escritos filosóficos, son conocidos y relativamente populares por sus aportaciones a la novela y al teatro, de las que son buen ejemplo “El extranjero”, que nos servirá de motivo para el XI Encuentro, y “El malentendido”, que pudimos ver hace poco en el teatro. Sin embargo, no le faltaba a Heidegger olfato literario y a ello atribuyo el éxito de expresiones que se han hecho universales, sin duda por el impacto emocional y hasta visual que producen. O bien directamente o bien por ocurrentes reelaboraciones de sus traductores y seguidores, Heidegger ha hecho famosas definiciones tan contundentes como la de que somos un “ser-para-la-muerte” o un ser “arrojado al mundo”.
Precisamente, quisiera comentar brevemente el alcance de esta última expresión, por si pudiera abrir cauces para nuestro próximo Encuentro. Para mí, es una manera de entender nuestra relación con quienes nos trajeron a la vida y con todo lo que nos rodea que se opone a lo que me habían enseñado en mi familia y en mi ambiente escolar. Lo que yo había aprendido es que somos “traídos” al mundo de manera cordial, por un acto de voluntad de nuestros padres y de acuerdo con los planes benefactores de Dios. Si “nos traen” al mundo es porque el mundo es bueno o, al menos, nos compensa su paso por él, y nuestros padres o la divinidad, supliendo nuestra imposible decisión previa a nuestra existencia, nos dan la gran oportunidad de vivir. Pero, si “nos arrojan” al mundo, se está diciendo que se nos fuerza a vivir, que, como poco, hay un componente de violencia en lo que nos empuja al mundo. Y también se nos dice que, una vez en él, se nos obliga a elegir y decidir, querámoslo o no. Para colmo, puede entenderse que la elección sea, en último término, sólo de caminos pata huir de la presión de los demás y de la amenaza de la muerte. El protagonista de “El extranjero” vive, precisamente, en esa condición de arrojado, de echado (de “yecto”) sin compasión a las arenas ásperas del mundo.
Unamuno decía que él no había nacido, sino que le habían nacido. Esto es indudable. Pero, más allá de ese inicio, cada uno juzgamos, me parece, nuestro existir inclinándonos o bien hacia el sentimiento de haber sido “arrojados” a la vida en el mundo, con un matiz de negatividad que pretende coincidir con cierta madurez, o bien hacia el sentimiento de haber sido “traídos”, más benévolo y cariñoso, pero, quizá, algo infantil.