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sábado, 14 de marzo de 2026

UN OASIS QUE ES EL NUESTRO

Aún a riesgo de caer en un discurso mitinero o un manifiesto extemporáneo queremos hoy fijarnos en la actualidad. Aunque pueda parecer lo contrario no vivimos hoy un mundo más violento que en otros tiempos. Siempre hemos estado rodeados de guerras. Otra cosa es que nos lo recordaran constantemente, nos importaran las gentes sometidas a su desgracia, o tuvieran consecuencias en nuestras cuentas. Diréis, no sin cierta razón, qué tiene que ver con nuestro Encuentro, con el tema que nos ocupará o con los fines de Sofigma, las guerras, éstas que ahora nos preocupan o cualquiera otras.

Contestaremos la pregunta con una reflexión sobre qué es lo que hay entre el nacimiento y la muerte. Lo que hay sois vosotros, un oasis de paz refugio recóndito y aislado donde recuperarse del desierto inhóspito del yo. Un pozo de agua limpia donde lavarnos del polvo seco del solipsismo, el individualismo asfixiante o la egoísta soledad. Descubierta y aceptada nuestra indigencia, son los otros los que nos dan la oportunidad de sobrevivir, de alcanzar la eternidad. Sois el oasis que anuncia, más allá de él, la esperanza del paraíso, de la felicidad completa. Más allá del oasis nos recibirá el solo amor incondicionado. Un ellos y un vosotros sin lamento alguno. Ya lo ha dejado escrito el poeta:

Para acallar las voces criminales
que hacen de la nada su bandera
busca la Razón la esperanza
en los últimos recodos de su senda,
anhela el Ser perfecto,
un horizonte de amor,
una playa de felicidad eterna.

¿Y con Sofigma? ¿Qué tiene que ver lo dicho hasta ahora con nuestra sociedad? La aportación más notable de la fundación, de la que dentro de muy poco celebraremos su decimoquinto aniversario, que nos trajo Rafa, nuestro Vicepresidente, es el concepto mismo de búsqueda de la verdad entre amigos. La amistad celebrada en reunión gastronómica para encontrar el camino del bien y la belleza. Porque todo el que tenga el valor de parar un momento entre tanto caos y griterío se dará cuenta de que todas las guerras se acaban si se comparte el pan. En todas las culturas el banquete ha servido para celebrar, homenajear, negociar, hacer la paz... Comer con el adversario o el enemigo hace imposible que se desee su muerte, se detiene el ímpetu asesino que alimenta el miedo. Compartiremos con él, con quien antes considerábamos enemigo, multitud de semejanzas inevitables. Padres que murieron en parecidas circunstancias o causas, hijos y sus problemas que provocan el mismo desasosiego, mismas alegrías y penas que conforman la existencia, entre nuestro nacer y morir, que son iguales para todos. Y responsables de esas celebraciones al calor de una buena mesa, casi siempre las mujeres, madres o abuelas, hoy quizá también padres o abuelos, que, desde las cocinas, han esculpido el carácter de las sociedades, la idiosincrasia de los pueblos. La mesa puede que sea el único lugar donde quepa el verdadero diálogo y la convivencia. Nuestro oasis y el de todos. Este es nuestro convencimiento. Ese será nuestro legado.

Valga entonces lo dicho, valga el tiempo dedicado. Compartamos estos manteles y sus regalos para poder discutir y discernir juntos qué sea lo que nos sucede desde que nacemos y hasta que muramos. Y alargar aquí el tiempo en nuestro oasis, preludio amabilísimo de la verdad, el bien y la belleza que esperamos.

©Óscar Fernández

sábado, 28 de junio de 2025

PERMANEZCAMOS ALEGRES EN LA LLAMA DE LA SABIDURÍA

Quiera el cielo concederme
más gracia oportuna y justa
para encontrar la vetusta
palabra con que entenderte.
Vieja amiga quiero verte
desvelada de apariencia
desnuda de tu querencia.
Los errores que no indulta
verdad pérfida resulta,
cansina tu resistencia.

¡Oh, verdad! ¿No valen ciencias?
¿No te sirven las razones
ni tampoco las pasiones
para fundar mis creencias?
¿Dónde están tus evidencias,
ora esquiva o lisonjera?
Tendré la mano certera
para alcanzar el saber
con el seguro poder
de unos versos de bandera.

Quiere el poeta, escarmentado, prescindir del logo racional, del pensamiento metódico y refugiarse en la poesía. Y no le falta razón, visto el escaso resultado que en las cuestiones, una y mil veces repetidas, todos los hombres de todas las generaciones se han planteado. ¿Qué puede aportar la poesía? ¿Qué puede decirse de esta dualidad que el tema de hoy presenta?

De algún modo nosotros, avezados escudriñadores de las verdades más ocultas, nosotros, que hemos sabido salvar y acoger el mundo de las apariencias para buscar la verdadera esencia, allí donde parece que más lejos se encuentra. Nosotros, que hemos convertido la imprescindible costumbre de alimentarnos en un arte y de este arte construido una ciencia. Nosotros, ¿vamos a discutir al poeta su locura más excelsa, vamos a abjurar de nuestras convicciones? Pues si desde el buen yantar, desde el placer gastronómico, plenamente consciente, creemos en poder elevarnos, en una ascesis suprema, hasta las más profundas inquietudes del alma humana, ¿cómo no vamos a creer igualmente, con plena certeza, en el poder de la palabra poética, de la imagen lírica, para desentrañar tales cuestiones? Y en todo caso, ¿qué se puede perder? ¿Más bien, no ganaremos, como mínimo, el hallazgo de la belleza formal como, en nuestro inmediato banquete, el bien que alimenta cuerpo y espíritu?

Hay una esclarecedora metáfora en este nuevo Encuentro. La misma que, repetidamente, nos empeñamos en disfrutar. Como ocurre en la vida misma, puede dar impresión o apariencia de vulgar reiteración, tedio que se repite sin que parezca que aprendamos algo, animales de costumbres y hábitos, sin que se resuelva lo que realmente importa. Así estamos ante el mismo menú, aquí en la misma mesa, quizá los mismos de casi siempre y no por ello abandonamos. Insistimos, no por un oscuro deseo tanático ni una dejadez indolente en el hábito, sino por la íntima convicción de que, con cada encuentro entre amigos, con cada nuevo día y sus afanes, avanzamos en el camino de la verdad.

Por tanto, aunque parezca que ya lo hemos dicho todo, pensado todo, degustado todo y lo mismo, repitamos nuestro lema “sapientiae flamma gaudentes maneamus”, permanezcamos alegres en la llama de la sabiduría y, ya sea con el más estricto y lógico discurso racional o con el requiebro emocional más poético posible, emprendamos una vez más el esfuerzo de avanzar en el angosto y peligroso camino de la sabiduría.

©Óscar Fernández

jueves, 13 de marzo de 2025

Presentación de "Melodías de la memoria"

PRESENTACIÓN DEL POEMARIO:

"MELODÍAS DE LA MEMORIA"

OCTUBRE 2024
Biblioteca Municipal Mario Vargas Llosa de Madrid

sábado, 2 de diciembre de 2023

EXÉGESIS DEL CACHOPO

Vana es la luminaria que se afana
en despejar las sombras de este mundo
sin que este esfuerzo resulte fecundo
porque su brillo falaz no nos sana.
Vive en nosotros otra luz que allana
la pregunta que una y otra vez regresa,
belleza que con silencio se expresa
sin grandes algaradas ni fulgores
pero que sabe curar los dolores,
sin razones, con amor que no cesa.

Nos encontramos hoy ante un horizonte extraordinario, nada común. Una de esas ocasiones en la que sólo cabe la admiración y el consiguiente agradecimiento. Espero que los anteriores versos y estas ocurrencias sirvan humildemente a tal fin porque, efectivamente, el tema que hoy nos presenta nuestro amigo y presidente es una loable muestra de generosidad. ¿Qué cabe decir si no de la apertura de sí mismo, la sinceridad que exige, el desvelamiento evidente que supone disertar sobre la íntima sugestión producida por la lectura atenta y comprometida del libro de los libros? Sin duda un desnudar el alma que merece todo nuestro respeto.

¿Disfrutaremos acaso de una novedosa exégesis bíblica, una hermenéutica nueva, original seguro, que nos ilumine como otros a lo largo de los siglos no han podido o no han sabido? Lo que es indiscutible es que nos mostrará una perspectiva, una interpretación desde su personalísimo punto de vista, puesto que todo acercamiento humano al objeto intencional y, más propiamente, a un texto, es una hermenéutica, un análisis, una indagación que comporta una interpretación. Se nos antoja tarea de dimensiones épicas la exégesis que se propone caminar por el sendero estrictamente racional o teórico, que tantas veces ha mostrado ser del todo infructuoso e, incluso, quién sabe si inútil. No creo que sea éste el camino elegido.

Usando el asidero recurrente de la analogía y sin ánimo alguno de irreverencia véase lo que sucede cuando se pretende obtener explicación, dar respuesta al por qué o al para qué, al significado, en fin, por el camino solo teórico de una razón descarnada. Hagamos un intento, un leve acercamiento a la exégesis del cachopo. No es tan descabellado, vistas las glorias intelectuales que tuvo en su tiempo considerar todo objeto de investigación como si de un texto se tratara, y que supuso elevar lo que era solo un método particular al carácter de teoría general, la hermenéutica.

El cachopo se ha convertido en seña de identidad asturiana y en alguna época a punto estuvo de robar tal protagonismo a la mismísima fabada en los restaurantes de moda. Estudiemos el cachopo. Desde el primer momento topamos con dificultades. No hay seguridad ni en su origen ni en su denominación.

Algunos dicen que la primera referencia bibliográfica del cachopo se encuentra en el siglo XVIII, recogido por Gaspar Casal, primer epidemiólogo español de la historia, en su libro “Historia Natural y Médica del Principado de Asturias”. Otros dicen que la primera noticia gastronómica se encuentra en “El libro de cocina” de Adela Garrido, publicado en 1938, bajo el nombre de “filete a la asturiana”. La realidad es que su popularidad llega en la década de los cincuenta, a raíz de que en 1947 el restaurante Pelayo de Oviedo lo incorporara a su carta. El crítico gastronómico José Ignacio Gracia Noriega afirma que el plato era conocido desde comienzos del siglo XX por la burguesía asturiana. Los que lo relacionan con otras preparaciones parecidas, “Cordon bleu” o “San Jacobo” de clara ascendencia francesa o suiza, reciben el desprecio de los que pretenden su origen autóctono asturiano. Don Pedro Morán, cocinero jefe de Casa Gerardo, con una estrella Michelín otorgada en 1986 y antes Premio Nacional de Gastronomía en 1983, afirma que no es de origen asturiano y en todo caso solo es una moda. Nosotros decimos que ya se encargará el tiempo de convertir en elemento identitario lo que primero solo fue moda. Ha sucedido infinidad de veces.

Tampoco hay seguridad sobre el origen del término cachopo. Por semejanza, que se nos antoja muy lejana, se pretende relacionar con el significado cierto de la palabra en habla bable, del latín caccabum, recipiente, con que se nombran los troncos huecos de árbol que se usaban para guardar herramientas de labranza.

Lo notable del cachopo es su tamaño que ha llegado a ser desmesurado, aunque parece lógico pues en su origen estaba ser compartido. Hoy será así, según dicta el menú de esta casa. El cachopo debe ser familiar, es para compartir, si no, no es cachopo. Por otro lado, se ha convertido en una metonimia gastronómica porque ahora se llama cachopo a cualquier empanado que se fríe conteniendo un relleno. Hay cachopos que ni son de carne, ni el relleno es de jamón o queso. Cachopo es ya, por extensión, una técnica de elaboración de ingredientes.

Sea lo dicho hasta aquí muestra de la dificultad de interpretar, por análisis y estudio racional teórico, comprender o explicar el cachopo, hasta casi llegar a ningún sitio. Y es que ésta es nuestra tesis. El cachopo, como muchos otros objetos intencionales, solo admite una exégesis emocional o sentimental, si es que esto es posible. El cachopo se disfruta gustativamente hablando y, en puridad deontológica, amablemente en compañía.

Tras tantos intentos, y los que deben quedar, de hermenéutica bíblica quizá lo que debamos es acercarnos al Libro, y a todo, como muy sabiamente sé que nos ilustrará nuestro presidente. Quizá sea la única salida posible a esta conciencia desvalida que somos cuando sólo atendemos al uso teórico de la razón y nos olvidamos de vivir. No perdamos de vista que nos iremos como vinimos, solos, sin tener ni idea racional de nada, de nada de lo que importa. La única manera que nos hará posible, quizás, escapar de la desesperanza, será disfrutar de la belleza, dejarnos emocionar más y analizar menos.

©Óscar Fernández

domingo, 8 de octubre de 2023

Presentación de "Inciertos horizontes"

PRESENTACIÓN DEL POEMARIO:

"INCIERTOS HORIZONTES"



miércoles, 26 de octubre de 2022

sábado, 3 de diciembre de 2016

MENÚ DE VERSOS Y PROSA

Veamos hoy si es cierto que el lenguaje poético abre un camino hacia la sabiduría. Para que esto sea posible la poesía debería ser algo más que un simple modo de comunicación. Y tampoco podría quedarse en un simple modo de disfrute estético. Debería ser capaz de otorgar un plus, un añadido al contenido más allá de su bonito y ocurrente continente. Se nos antoja que con la presentación de un plato pasa algo parecido. Una adecuada disposición de la guarnición, un napado delicado de una salsa que no sólo acompañe, o mucho menos oculte, si no que destaque las bondades del ingrediente principal, debiera decirnos más de lo que comemos que si tales aderezos faltasen. Lo común es comparar el montaje del plato con un lienzo donde se expresa el autor a través de la gastronomía como en una pintura o un relieve. En nuestra investigación de hoy la presentación de un plato sería lo que el ritmo, la rima, o las figuras literarias al contenido de un poema.

En todo arte los elementos de la composición no se añaden o se disponen por capricho. En las mesas ha de servir dicha composición para potenciar el trabajo de las cocinas, efecto que si se obtiene, bien podría ser calificado de genial. En el lenguaje poético la genialidad estribará en que el artefacto literario sirva al mensaje. 

Unos ejemplos. Sobre un plato liso de cerámica, de forma rectangular, unas sencillas croquetas venían a construir unas sobre otras, como sillares, un incipiente muro en el centro. Otras, casualmente desordenadas, ocupan el resto del espacio, aquí y allá, adornado de una ensalada de hojas verdes bien aliñadas.


Melosas sonrisas del marqués de las dehesas
se bañan en estanque de suculenta reducción,
protegidas por andinas solanáceas gallegas,
busca el artista comandero alegrar a su señor.
Mas por no parecer de pobre y triste mesa
adorna, engalana y enriquece su sabor,
sucumbe al embrujo de hechiceras 
y torna tubérculos por secretos de Sarrión.

La ventaja del artista plástico es que su lenguaje sirve para lo que se muestra en la sensibilidad, pero ¿es posible decir más allá de lo que los sentidos ofrecen? Ahí está el tema. Hace falta otro lenguaje para tratar de lo inefable. Hace falta algo más que juegos estéticos. En filosofía, en gastronomía, en lo que sea, hace falta algo que presentar, algo que decir, y no basta sólo con guarnición y salsa. 

Probemos ahora con otro menú, esta vez filosófico:

Habla el dichoso en su paraíso y canta:

Amor que por amor me haces
el bien que por el bien me tienes.
Esperanza que en la espera vence
fatigas de mi mismo y me sostiene.
Fe que por fidelidad concedes
vida que vivir para quererte.

Uno y tú es mi reposo,
sin ti el resto, nada.
No hay más verdad que tu bien,
ni más belleza que tu mirada.

Habla el descreído en su desierto y clama:

¿No habrás quedado tan extasiado de su belleza que te has vuelto ciego, de verdad?
¿No habrás disfrutado de tal modo de su bien que te has vuelto falso?
¿No habrás querido ser tan uno, tan tú, que te has convertido en otro?

Has creído amar y es mentira.
Sólo te has querido a ti,
porque no puedes querer a otro.
Pero no te culpes, es tu condición,
tu desgracia, tu valor.

Yo y yo y sólo yo.
Cosificado de mí.
Señor de ser nada.
Sólo aquí y ahora, sin esperanza. 
Y en este baldío desierto de amor,
sólo cabe huir, quizá al ayer… 
quizá al mañana.

Nada vale que recuerdes,
no eres tú ese yo de aconteceres
pasados, sin pena,
pero también sin gracia.
No te calma
huir del yo de presente atormentado,
bien al ayer, o mejor mañana.
Quizá baste con dentro de un rato,
sólo tu yo y su regazo.

Queda ya únicamente proponer que se aproveche el presente de nuestro encuentro. Comamos y bebamos con sentido; y júzguense, tanto los versos como la prosa, el ornato como la comanda, a la luz de la consideración precedente:

De nada valen las artes si no dicen nada.
No hay belleza en el engaño, ni bien alguno sin verdad.

©Óscar Fernández