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domingo, 22 de febrero de 2015

UN ENCUENTRO CON LAS MUSAS

Andaba estudiando las excelencias que ofrece la carta de esta casa, absorto en someter cada plato al asedio orteguiano, analizando la cuestión planteada con un espíritu atento, tratando de obtener sus elementos más simples y así poder intuir de cada cual su atributo. Había ya librado los manjares de todo adorno, incluso del de la misma existencia, hecha en mi espíritu la epojé exigida en este empeño nuestro de ciencia estricta cuando se produjo el increíble acontecimiento. Estando en éstas fue, en un arrebato de aparente locura, en un éxtasis de tintes casi místicos, que se me mostraron las viandas, salsas y demás representaciones del arte de los fogones como en una epifanía pagana, un torrente de inspiración clásica, ejemplos patentes de la dádiva generosa de las Musas. Tan sorprendido por la vorágine de gracia estaba, tan desconcertado por las presencias divinas, que no acertaba a comprender, como no una sino las nueve hijas de Zeus, vinieron a inspirarme. Me vi transportado, como en un sueño, a un gran salón ocupado por mesas repletas de los objetos de mis disquisiciones. A su alrededor disfrutaban los más famosos sabios de Occidente, extasiados ellos como yo del servicio y cuidados que recibían de aquellas mujeres extraordinarias.

Me acerqué a la mesa del fondo de la sala. En un extremo conversaban Monsieur René y Mr. Hume. Mientras que uno disfrutaba del atún, el otro daba cuenta de un lechazo. La de bella voz, Calíope, declamaba las bondades del atún, con frases tan acertadas que me parecieron sin necesidad de corrección alguna, acabadas y perfectas. Al reparar en mi presencia me susurro, como si por Adonis me tomara, que considerará galantear con el escepticismo unos meses, con el dogmatismo los siguientes y el resto lo dedicara a lo que más me placiera. Es verdad que siempre he tenido al atún por un pez incierto, ora crudo, ora poco hecho, unas veces enlatado, otras guisado… Clío se entretenía sirviendo el lechazo con una habilidad "more geométrico" para quien mejor sabría disfrutarlo. Aunaba esta escena, a mi parecer, tradición castellana, plena de recuerdos de la gloriosa historia de Castilla, y la elocuencia del asado sencillo, lento,  sin otra ayuda que el agua, sin adornos ni florituras, con sobriedad cartesiana.

Casi justo enfrente se dejaban los eléatas embaucar por los cantos de la amorosa Erató. Acompañada por las melodiosas notas de su laúd, acerté a escuchar sus increíbles versos, de rima primorosa y ritmo cadencioso, sensual. La muy placentera, de agradable genio y buen ánimo, Euterpe, flauta en mano inspiraba la melodía del Universo al mismísimo Pitágoras, acompasándola al concupiscente son que disfrutaban Parménides y sus amigos. Aquí no había disputas. Con la misma armonía que las divinas hijas de Mnemósine mostraban en su arte, los adoradores del "Ser en sí" y lo "Uno" convenían que tanto era el rape como el rodaballo, quintaesencia de los sabores marinos, suavidad de las carnes blancas prietas, bien tratadas por la mano experta de los cocineros. 

Quise recorrer entonces las mesas que se encontraban flanqueando las dos precedentes, todas ellas dispuestas alrededor de una hermosa fuente de la que manaba el mejor de los vinos que probé jamás. A mi izquierda se encontraban el Filósofo y su Maestro. Más que discutir éstos en realidad se hacían preguntas uno al otro, y matizaban sus respuestas el otro al uno. De soslayo, como no queriendo prestar atención observaban como Melpómene, enmascarada, me enseñaba la lección de los huevos camperos rotos con jamón ibérico. “Parecen tenerlo todo, que nada les falta y, sin embargo, no es suficiente para ser feliz: la tragedia de los huevos rotos”. “¿Hay prudencia posible degustando huevos rotos con jamón?”, inquirió el uno. “Parecen plato excesivo, difícil encontrar el término medio”, contestó el otro. “Quizá alguno de los presentes pueda explicar cómo a partir del fenómeno, puedan los huevos rotos ser objeto dianoético”, me atreví a proponer en voz alta. "Sin duda es muy sabio optar por ese plato", escuché a mi espalda, "o por cualquier otro de los que se sirven en este ágape". Al girar sobre mi mismo sorprendiome el hombre más puntual de la historia, acompañado de Polimnia, la de muchos himnos, inventora de la agricultura, que recitaba cantos sagrados sobre las auténticas bondades del salpicón de marisco. "En el reino de los fines, bajo la condición de la libertad y el postulado de la inmortalidad, todo fenómeno puede ser objeto de imperativo categórico, amigo mío. ¡Coma, coma usted, no se prive, es un mandato incondicional! Sin criticar que éstos que aún duermen el sueño dogmático prefieran despertar con unos huevos rotos, pues no parece mala cosa, ha de convenir conmigo que este salpicón de marisco aderezado por los cantos de la Musa permiten obtener ideas muy justas y cabales." Pensé que no le faltaba razón al prusiano y que las delicias del mar con el valiente acompañamiento de las hortalizas y una templada vinagreta, eran síntesis muy prudente, y por ende, muy justa.

La escena más bucólica se desarrollaba en el jardín alrededor de otra fuente de la que manaba deliciosa ambrosía. Rodeada de aduladores que jugaban semidesnudos, Talía reía mostrando sin pudor sus encantos. Sin poder salir de mi asombro, allí estaban Cicerón, Diógenes y Aristipo, embelesados con las evoluciones de efebos, ninfas y jóvenes amantes. Salvo el último, al que podría comprender en su actitud, no acierto a explicarme la de los primeros. Eso sí, disfrutaban de un arroz con leche, que siendo excelente, no parece el más voluptuoso de los postres posibles, pero sí quizá cínicamente aceptable para un estoico, o estoicamente para un cínico.

Regresé al salón. Terpsícore, cerca de la última mesa, no muy lejos de donde vi a Euterpe, deleitaba con su danza a los que preferían el rabo de toro. Me uní a ellos. La celestial Urania, vestida de azul y coronada de estrellas, lo servía mientras hablaba del movimiento perfecto de los astros. Su público era el más numeroso y variopinto. Nicolás, e Isaac escuchaban. Un tal Popper refutaba y demarcaba todo lo que decía un grupo de matemáticos y físicos que pasaban de los quarks a los neutrinos, sin dejar de hablar de un gato que se había perdido. No entendí nada y fijé la atención en el otro extremo. Allí, sin dejar de dar bocado al guiso, discutían un grupo de alemanes muy acalorados. Hablaban de política, no hay duda. La danza desde antiguo ha servido para enseñar al hombre su lugar en el mundo, quién es y a qué grupo pertenece. El hombre es un ser social, un ser danzante. Quizá por eso el más heterogéneo de los grupos solo podía mantenerse unido gracias a Terpsícore y al rabo de toro. Yo soy de los que opinan que todo guiso de carne siempre debe pasar por la reacción de Maillard, esa danza del azúcar y las proteínas, que preserva los jugos en un vestido bronceado lleno de aromas celestiales. Confuso entre órbitas planetarias, partículas subatómicas y discusiones sobre el buen gobierno, me vi de nuevo solo ante el papel en blanco, y caí en la cuenta de que es cierto el proverbio picassiano: la inspiración llega solo cuando te encuentras trabajando.

©Óscar Fernández

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Hagamos memoria

Vamos a ponernos al día en cuanto a las actividades de SOFIGMA. Es decir, que después de dada la bienvenida vamos a empezar a "currar".
Empecemos por el principio.
Allá, a comienzos de 2011, algunos tuvimos la idea de aunar el debate filosófico y el disfrute gastronómico, fundando una sociedad, en la que desarrollar ambas actividades.
Así, redactamos un manifiesto para dar forma a la idea, y buscamos a un grupo de "valientes" para convencerles en la aventura y, de un modo solemne, fundar la sociedad.
Se convocó el que sería Primer Encuentro Filosófico-Gastronómico, que a su vez, constituiría la reunión fundacional de SOFIGMA, la Sociedad Filosófico-Gastronómica Matritense.
Los preparativos fueron exahaustivos y cuidadosos con los detalles, para lograr el máximo rigor y seriedad. Los que merecían el alto propósito de la aventura que se iniciaba.
Se contrataron los servicios de un afamado ilustrador, dibujante, experimentado caricaturista y diseñador gráfico. Un reputado artista, en fin, para que nos proporcionara un logo, una imagen icónica para SOFIGMA, que a un tiempo fuera escudo o blasón. Así debemos a D. Esteban Navarro, la autoría de nuestro escudo, el que se muestra en la cabecera de estas páginas.
Merece la pena que dediquemos unos instantes a reparar en su diseño, o en rigor, blasonemos, es decir describamos el emblema heráldico. 
El escudo es de forma española, cinturada y apuntada, con filiura (bordura muy estrecha) dorada. Sobre campo de gules (fondo rojo o carmesí), en recuerdo del color de las banderas históricas de Castilla o las actuales de ambas comunidades autónomas castellanas y de Madrid; la figura de Atenea (Diosa de la Razón) vestida con el peplo y el casco, empuña una llave y un cazo en cada mano (aludiendo a la doble protección que ejerce, de la Filosofía y la Gastronomía). Aparece rodeada de las siete estrellas de plata, tres a cada lado y una a los pies, que corresponden con las del escudo de la ciudad de Madrid (la Osa Mayor, el Carro, o la Osa Menor, no se ponen de acuerdo los estudiosos). Orna el blasón un tenante o sostén de ramas de acanto doradas, con divisa azur suscrita, que las envuelve, y en la que reza el lema "Sapientiae Flamma Gaudentes Maneamus". 
Es de señalar la curiosidad del error en el lema, que debería decir "Manens" y no "Maneamus", según algunos eruditos. El lema es un acróstico formado con las siglas que corresponden al nombre de la Sociedad (S.F-G.M.), que traducido vendría a decir Permaneciendo Felices, o Alegres, en la Llama de la Sabiduria, o algo semejante, ¡vaya usted a saber! SOFIGMA, vendría a ser, análogamente, el acrónimo formado por iniciales o grupos silábicos del mismo nombre de la SOciedad FIlosófico-Gastronómica MAtritense.
Con los Estatutos correctamente redactados, el Acta Fundacional y el Manifiesto preparados, quedó convocado el Primer Encuentro Filosófico Gastronómico de SOFIGMA, que acogería la Reunión Fundacional, el 6 de mayo de 2011. En una cena solemne en una afamada casa de comidas, Domine Cabra, como correspondía al carácter de SOFIGMA, sus socios y la particular ocasión
Pero esto será contado en una nueva entrada, próximamente publicada.