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sábado, 5 de noviembre de 2022

NI SIMPLE NI SENCILLO

No es fácil hacer comprender que lo que se muestra en apariencia simple es en realidad complicado. Sucede esto incluso con lo que es verdaderamente simple. ¿Cómo hacer entender que lo que se dice simple, porque no cabe en ello composición y ésta es sinónimo de imperfección, contiene una complejidad tal que queda al margen del poder de la Razón? No pretendemos decir que alguno de los platos de la carta sean simples en este sentido, pero sí podemos afirmar, en este tercer repaso a las propuestas de Orgaz, que lo que seguramente es calificado de sencillo tiene en realidad más enjundia de lo que aparenta. Por sencillo se tendrán muy probablemente el salmorejo cordobés o el lomo a la brasa, ya sea éste de vaca vieja o joven, madurada o no.

El salmorejo es corto de ingredientes. Miga de pan, ajo, tomate, aceite, sal y agua. Pero atención, el pan debiera ser de telera, es decir el pan candeal típico de Córdoba, con forma de montera. Hay diferentes teorías, como siempre, sobre la procedencia del nombre. Quizá contracción de “tres hileras”, por los tres pliegues diagonales en la corteza del pan. Quizá por la analogía con la “telera” del arado, el hierro que hace surcos en la tierra, que en el Diccionario de la R.A.E. se justificaría con la procedencia hipotética del término en latín “telaria” y a su vez de “telum”, espada. Este pan candeal es la variante cordobesa del más extendido tipo de pan en las dos Castillas, Extremadura y Andalucía. Hoy cada vez más difícil de encontrar por su carestía, alta proporción de harina, miga compacta, y un trigo de bajo rendimiento agrícola, pero muy apreciado por su valor nutritivo y la calidad que proporciona al pan. Sin duda no puede ser igual un salmorejo hecho con una miga de pan u otra.

El término salmorejo quizá sea derivación de sal y mortero, “sal-moretum”, “sal-mortarium”, o de salmuera. ¿Quién sabe? Con toda seguridad el salmorejo primero fue blanco. Un majado en mortero de tradición árabe cordobesa, con ajo, pan y agua, continuación de lo que ya se hacía desde tiempos prehistóricos. No todo es invención romana. El salmorejo se hizo rojo muy tardíamente, o recientemente como se prefiera, gracias al tomate. Pero la clave de su enjundia está en la correcta proporción de los ingredientes y, especialmente, en la cantidad de miga de pan. Ésta marca la textura obtenida, que ha de ser más gruesa que lo que sucede con otras elaboraciones frías semejantes; nunca una sopa, sí más bien una salsa, crema o casi un puré. Tanta ciencia hace falta que se ha establecido como oficial la receta basada en el trabajo de investigación del Departamento de Bromatología y Tecnología de los Alimentos de la Universidad de Córdoba que, dicho sea de paso, no incluye el vinagre. Nunca un salmorejo viene solo. Siempre se incluyen picados otros alimentos que lo enriquecen, normalmente huevo duro o virutas de jamón.

La compleja enjundia, como decimos, está, una vez más, en el arte de la combinación culinaria, que exige conocimiento y experiencia, y en este caso en su principal virtud. El salmorejo es un alimento completo. Aporta los hidratos de carbono del pan, las proteínas del huevo duro y el jamón serrano además del tomate que otorga licopeno, antioxidante natural que el cuerpo absorbe en presencia de las grasas que generosamente regala el aceite de oliva virgen extra.

Por último señalaremos que aquellos que pretenden que el salmorejo es una variante del gazpacho solo demuestran su ignorancia. El parecido provoca la confusión del que juzga precipitadamente, típico de los que se dejan engañar por las apariencias o gustan de explicaciones facilonas. Falsos discípulos de Ockam, partidarios de su navaja más por pereza o estulticia que por rigor.

Algo parecido apreciamos en los que tratan superficialmente temas que de suyo merecen profunda dedicación, tentados por despachar el tema que hoy nos ocupa con una o dos ocurrencias, más propias de la juvenil ignorancia del mal estudiante que del ánimo adulto, estudioso o no de los difíciles conceptos metafísicos, pero con el sentido común que aporta, o debiera, la experiencia del correr de la vida.

Tan patochada es reducir el salmorejo a una simplificación del gazpacho como pretender que ateísmo solo consiste en no creer en la existencia de Dios, o el agnosticismo afirmar la simple incapacidad para conocerlo. Como muy bien nos mostrará nuestro experto hoy, ateísmo hay de varias clases y no sólo por la actitud que lo concluye, si no porque para afirmar que Dios no existe primero hay que tratar en qué consiste Dios, o quién es. Y al hilo de esta pregunta, si el agnosticismo se dice del quién o del qué, es porque ya se ha admitido una cierta ocupación de la Razón en algo que en un principio se afirmó ajeno a ella. Lo que nos deja algo perplejos.

Igual que merece la pena escudriñar los misterios del arte del buen gazpacho o, lo dejamos para otra ocasión, cuán complejo es hacer bien un lomo de vaca a la brasa, merece la pena dejarse instruir, por quién sabe, a propósito de lo que aparentemente se muestra fácil, que algunos dicen “Dios no existe” y otros que no pueden saber nada sobre ello. En nuestra experiencia y a nuestro entender, es cosa muy inteligente no dejarse llevar por lo que parece más fácil, sencillo o simple, al contrario lo es, tomarse en serio, tiempo y atención, precisamente las cuestiones que así se muestran.

©Óscar Fernández

sábado, 23 de junio de 2018

“EL SUEÑO DE LA RAZÓN PRODUCE MONSTRUOS”

No descubrimos nada a un público bien avisado como el presente si recordamos que lo propiamente humano es lo que más le aleja de la naturaleza. La civilización nació cuando un “sapiens”, o varios, produjeron un objeto obtenido de su imaginación, un producto de su fantasía. Hace 30000 años alguien invento, a partir de lo natural conocido sí, pero irreal, una representación de un ser imposible, una especie de esfinge labrada en marfil procedente de un colmillo de mamut.

Lo civilizado es casi siempre una sofisticación de lo que, en origen, es una solución fisiológica, por decirlo de algún modo. Proveer a la herramienta de elementos no implicados en la eficacia estricta de su uso, con fines quizá decorativos, quizá mágicos, no es otra cosa que civilizarse, es decir sobreponerse a la naturaleza.
De todos los productos culturales, el arte gastronómico es probablemente el más civilizador. Desde el ingenio original de asar, simplemente calentar al fuego la carne de las presas, lo que multiplicó la eficiencia de nuestro procesamiento de las proteínas, hasta la sofisticación del solomillo “strogonoff”, quintaesencia del ornato rococó del carnívoro ilustrado, todo el arte culinario ha servido al impulso atávico civilizador. 

La civilización ha progresado, o no, desde el símbolo mínimo de significación univoca a la formalidad más abstracta. No siempre este camino ha resultado fructífero. Fijémonos en la salsa tártara que acompaña a los humildes boquerones. Esta salsa eleva al orden de lo excelso, con sencillos aditamentos, a la engañosa mayonesa. Hace grande lo pequeño, con poco hace mucho, y redime a la siempre discutible mayonesa. Aplaudimos una vez más la cocina de esta casa. Nada que ver con lo que sesudos chefs justifican en regresos a la tradición o respeto al producto, o con el recurso a "collages" tecnificadísimos para prometer a sus clientes las sensaciones más espectaculares y quedar, tantas veces, en cantos de sirena sin sustancia. 

El “sumum” de la producción formal, la abstracción más alejada de lo figurativo o del orden natural de la razón humana, se muestra tanto en Kandinsky como en Ferrán Adriá, pero ambos parten inevitablemente de la necesidad biológica primigenia, si se me permite, de la supervivencia; en último término del ansia de eternidad, el deseo de superar la limitación básica de la vida natural. 

El animal humano que imagina fantasmas termina por necesitar elaborar discursos racionales complicadísimos para encontrar solución a la única necesidad vital aparentemente irresoluble. El mismo animal humano que aprendió a hacer disfrutables unas semillas insípidas y prácticamente indigeribles, terminó por deconstruir, a base de artilugios inimaginables, la fabada, el cocido, o aún peor la paella. Deconstruir una paella es la manifestación palmaria de la visionaria reflexión goyesca: “el sueño de la razón produce monstruos”. 

Por si acaso hemos deambulado por los cerros de Úbeda, o acabado en Babia, extremos mesetarios de difícil confluencia, trataremos de aclarar la tesis, reparando en que con el tema de hoy, nos situamos en la idea máxima concebible por la razón, que se nos antoja al mismo tiempo, en lo esencial, racionalmente inefable. Algo hay, en nuestra opinión, de forzado rocambolesco en el esfuerzo que el pensamiento occidental, la filosofía, ha intentado con el tema de Dios. Puedo garantizar que he leído justificaciones, en pro y en contra, que no distan tanto del “sindios” deconstructivo o la imagen caprichosa del pre-surrealismo del genial aragonés. 

Quizá haya entre nosotros quién pueda explicarnos en qué consiste una paella deconstruida. Preferimos a quién nos brinda unos buenos boquerones al horno y su salsa tártara. Quizá haya entre nosotros quién nos libere del monstruo. No sé. Lo mismo resulta que lo que a nosotros nos parece un fantasma, solo necesita un poco de buena disposición. Lo que se muestra oscura falacia, solo necesita un poco de revelación. Lo que se nos antoja objeto de humana petulancia, solo necesita… divina iluminación.

©Óscar Fernández

miércoles, 20 de marzo de 2013

LA ÚLTIMA TENTACIÓN DEL PAPA

El cardenal polaco Stanislaw Dziwisz sugería -me parece que así era, a pesar de posteriores y corteses desmentidos- una cierta descalificación moral de Benedicto XVI, al contrastar su renuncia al pontificado con la entrega de aquellos papas que no se han bajado en vida de la cruz. La rancia expresión me llevó a recordar “La última tentación de Cristo”, aquella magnífica novela de Nikos Kazantzakis que convirtió en película Scorsese. La obra de Kazantzakis, además de desbordar de ideas y de situaciones que invitan a recrear y rehacer de manera original lo transmitido por la tradición eclesiástica, sostiene la tesis de que Cristo fue tentado, in extremis, para que renunciase a su condición divina y descendiese de la cruz para limitarse a desarrollar una vida humana convencional. El Cristo de Kazantzakis consigue, finalmente, vencer la tentación y aceptar definitivamente la cruz. Según me parece, en esa línea argumental, Dziwisz se inclinaría por creer que el Papa ha sucumbido a la tentación. 
Sin embargo, manteniéndome en el terreno de las conjeturas o especulaciones que, a pesar de su carácter ficticio, poseen una fuerza simbólica, quisiera dar la vuelta a ese punto de vista. A Cristo, puesto que su naturaleza era divina, se le exigía no conformarse con lo meramente humano. Pero es que el Papa no es Dios y bien podríamos argumentar que, acaso, su última tentación sea la invitación a considerarse tal. No es su misión la de morir en la cruz para redimir al género humano, sino la más modesta de atender a las necesidades de acompañamiento y auxilio de mujeres y de hombres de cualquier condición y a las necesidades de organización y de renovación de la Iglesia a cuyo frente ha sido puesto. 
Por otro lado, la tentación de creerse Cristo crucificado choca desde hace siglos con la imagen principesca de los Sumos Pontífices y de su corte. Si hay crucificados que reproduzcan el sufrimiento de Jesús de Nazareth, no parece verosímil que se hallen entre los jerarcas del Vaticano. Las vidas de los pobres de la Tierra, de los que sufren enfermedades sin remedio o de los que soportan persecuciones o torturas son las auténticas cruces de este mundo y, además, a ellas o de ellas no se sube ni se baja por libre decisión. 
El Papado debe abandonar su empeño de mantenerse en lo mítico. 
Quien ocupe la Silla de San Pedro debe aceptar sus límites humanos y los consiguientes acotamientos de su misión. Ha hecho bien Benedicto XVI dejando su cargo, como un hombre razonable, cuando ha entendido que su misión humana había concluido y que, tras él, habría muchos capaces de completar tareas para las que a él no le quedaban fuerzas. Como escribió Camus y parece especialmente apropiado para las instituciones y situaciones que tratan de perpetuarse mediante la grandilocuencia, hay que aprender a vivir y a morir y para ser hombre hay que negarse a ser Dios. 
El nuevo Papa, Francisco, parece haberse propuesto continuar el camino desmitificador de su antecesor. Pero debe mantenerse alerta. La proximidad, la cercanía humana que ha mostrado estos primeros días, puede, efectivamente, ser el comienzo del abandono de los modos y las distancias cesáreas. Pero también puede sugerir una narración fundamentalista protagonizada por la exaltación de la pobreza. Desde mi punto de vista, la pobreza es mala y debemos luchar porque ningún hombre tenga que padecerla. Y ese empeño debe ser un empeño compartido, en el que los santos, si los hay, deben tener como meta que la santidad sea cosa de todos y, como propósito, no sólo que el bien sea para todos sino que todos seamos capaces de generar el bien.
Jesús A. Marcos

jueves, 18 de octubre de 2012

Molestando a D. Miguel

Solo por incitar a la discusión. Esta vez no caeremos en aclaraciones sobre cómo participar. Haga el lector lo que le de la real...

Molestaremos la memoria de D. Miguel de Unamuno, proponiendo algunas reflexiones poco meditadas a las ocurrencias iniciales de su celebrado "Del sentimiento trágico de la vida". A ver si alguien se pica, o prosigue con el resto de los capítulos propuestos:

Nos proponen los tres capítulos iniciales sobre los que discutir: 

EL HOMBRE DE CARNE Y HUESO 
EL PUNTO DE PARTIDA 
EL HAMBRE DE INMORTALIDAD 

Aunque puede repararse en otros, reparamos en estos fragmentos del primer capítulo: 


"Más veces he visto razonar a un gato que no reír o llorar. Acaso llore o ría por dentro, pero por dentro acaso también el cangrejo resuelva ecuaciones de segundo grado." 

Literatura. Las más de las veces la filosofía está en el cómo se dice que en lo que se dice, y en eso Don Miguel es el maestro. No explica a qué llama razonar en el gato. Quizá el que razona es él cuando ve actuar al gato y le parece razonable su actuación. Que sea razonable no significa que sea razonada. Puedo realizar una acción instintiva y ser razonable dicha acción, razonable sí (pero por otro) lo que no fue producto de la razón ni de razonamiento alguno. Ya no tengo tan claro que sea más correcto distinguir al animal del hombre por el sentimiento que por la razón. 


"Quien lea con atención y sin anteojeras la Crítica de la razón práctica, verá que, en rigor, se deduce en ella la existencia de Dios de la inmortalidad del alma, y no esta de aquella. El imperativo categórico nos lleva a un postulado moral que exige a su vez, en el orden teológico, o más bien escatológico, la inmortalidad del alma, y para sustentar esta inmortalidad aparece Dios. Todo lo demás es escamoteo de profesional de la filosofía." 

Quizás la última frase sin desmerecer lo demás es lo que mas me gusta de D. Miguel. Pero lo interesante es que precise lo teológico con lo escatológico. Según Wikipedia “por escatología se puede entender uno de estos tres conceptos: 
  • Escatología (fisiología) como la parte de la fisiología que se refiere al estudio de los excrementos (del griego skatós, ‘excremento’). 
  • Escatología (religión) como las creencias religiosas referentes a la vida después de la muerte y acerca del final del hombre y del universo (del griego ésjatos, ‘último’). 
  • Escatología (movimiento religioso) como la secta creada por William W. Walter.” 
Es maravilloso el castellano que transliteró dos fonemas distintos (la cappa y la ji griegas) con la misma letra c, dando lugar a una homonimia, aquí, muy inadecuada. No sigo que es peligroso. 


“Es decir, que tú, yo y Spinoza queremos no morirnos nunca y que este nuestro anhelo de nunca morirnos es nuestra esencia actual. Y, sin embargo, este pobre judío portugués, desterrado en las tinieblas holandesas, no pudo llegar a creer nunca en su propia inmortalidad personal, y toda su filosofía no fue sino una consolación que fraguó para esta su falta de fe. Como a otros les duele una mano o un pie o el corazón o la cabeza, a Spinoza le dolía Dios”. 

Tengo tentaciones de decir que a mi también. Y ¿a quién no alguna vez? Pero lo curioso es que se identifique la esencia ¿actual?, con el anhelo de inmortalidad. En una esencia anterior a la actual, ¿no se tenía tal deseo? Con esencia actual ¿se refiere a esencia perfecta? ¿En acto? ¿Es decir, Dios? Si tuviera delante a Don Miguel, le diría lo que Luis Mario me decía de vez en cuando, “eso me lo vas a tener que escribir porque no lo entiendo”. Lo malo es que aquí ya está escrito y D. Miguel está muerto. 


"La hormiga, si se diese cuenta de esto, y fuera persona, consciente de sí misma contestaría que para la hormiga, y contestaría bien. El mundo se hace para la conciencia, para cada conciencia." 

No hay uno sin lo otro. Podría decirse al contrario también. La conciencia se hace para el mundo. La conciencia solo de si, que yo recuerde era Dios: "un océano de sustancia eternamente presente a si". El Aquinate. O el entendimiento subsistente aristotélico. Un ser que se definiera por ser consciente de sí es un ser divino en el que se identifica el ser con el tener (ser conciencia y/o tener conciencia, de si). Esta claro que malinterpreto. Pero, ¿por qué repetidamente me da la impresión que cuando habla del hombre habla de Dios? Estamos de acuerdo, de todas formas, en que mundo solo es propiamente ante una conciencia, que busca, encuentra, o decide su lugar en él, el resto solo es entorno o medio ambiente. Lo que no tengo tan claro es que para tener mundo deba tenerse conciencia de sí. Mi problema es que no se que es tener conciencia de si, en estricto sentido, más allá de fingirme como objeto. Quizá tomar conciencia de sí solo sea fingirse. ¡Uy! Cuidado que se me escapa Hume.
©Óscar Fernández

viernes, 24 de febrero de 2012

Número y todo

El vicepresidente se incorpora a la discusión sobre el infinito en matemáticas

Queridos,
Antes de deslizarnos hacia temas tan áridos como en los que nos estáis sumergiendo, y a mí casi ahogando, me gustaría que planteásemos una cuestión algo más sencilla. Si hemos de hablar acerca del infinito matemático, no sería ocioso, creo yo, referirnos antes a la definición de los dos conceptos que, tan sabia y profundamente, nuestros foreros manejan con incredibile soltura. Me refiero a los conceptos de número y todo. Desearía humildemente que nos aclaraseis estos dos conceptos. En primer lugar, hablemos acerca de "número". ¿De qué se predican los números? ¿Qué designan los predicados numéricos en los objetos de los que se dicen? Cuando se dice de algo que es dos o tres, se está, evidentemente, enunciando una respuesta posible a la pregunta: ¿cuántos son? Pero, ¿qué es aquello por cuya cantidad se pregunta? La primera posibilidad que se me ocurre (más bien, que se le ocurre al autor del libro en donde leí esto, un gran maestro, MGB) es que los números se dicen de cosas. Y que, en consecuencia, designan propiedades sensibles o inteligibles de los objetos. Esta hipótesis nos llevaría hasta el problemón de la abstracción. Sin embargo, es la segunda posibilidad la más interesante y la que a mí me lleva a aporías insalvables. Según ésta, los números pueden muy bien designar conjuntos de objetos y no objetos en tanto que elementos de conjuntos posibles. En este caso el abanico de posibilidades es más amplio que el presentado por la anterior posibilidad. Si los números se dicen de conjuntos, pueden ser ahora propiedades de los conjuntos o relaciones entre los miembros conjuntados. Incluso la lengua común nos avisa aquí y nos indica el sinsentido de afirmar que un objeto es "cinco" o "seis" (exceptuamos el número 1, ¡menudo numerito! ¡De éste ni hablamos!¿Vale?) Cuando nos expresamos así lo que realmente queremos decir es que nos encontramos ante un objeto que es un todo en el que se reúnen colectivamente cinco o seis partes. Cinco o seis son las partes en tanto que coleccionadas en el conjunto global, en tanto que vinculadas unas con otras sin otro título que el de puros miembros de un conjunto. Sólo este peculiar tipo de objeto, una pluralidad, parece ser el destinatario de nuestra pregunta: ¿cuántos son? Y, claro está, sólo aquello que posee, en general, pluralidad, posee también una determinada forma de pluralidad. Pluralidad sería, pues, un género; el número, cada número entero positivo desde el dos sería una especie del género pluralidad. (Pues, en efecto, el cinco, pongamos por caso, sería el número que se predica de una multiplicidad de conjuntos: cinco mesas, cinco sillas, cinco sofigmáticos...). Un número cardinal sería de este modo un concepto de conceptos o, dicho de otro modo, la designación de una propiedad común a infinitos conceptos posibles. ¿Y el concepto pluralidad? ¿No serán los números las especies del concepto universal genérico "pluralidad"? ¿Es, entonces, el concepto "todo" más general que el de pluralidad o es el mismo concepto? ¿No designará el concepto de infinito una especie de la pluralidad? ¿Debe un todo contener necesariamente partes de dos especies distintas? ¿Y Dios? Dios como Unidad, ¿admite partes? ¿De qué se predica verdaderamente el número UNO? ¿De Dios? Y para los ateos sofigmáticos: ¿Es Dios un concepto identificable con la Unidad? ¿Con el Infinito? ¿Es un "concepto vacío? ¿De qué se predica realmente el Infinito? Me pierdo... Espero que nuestros dos máximos colaboradores en este foro nos iluminen con sus enseñanzas... RESPONDED MALDITOS
Rafa